(Revista Arbil, nº 110, Febrero de 2007)
Como
pocos, el tema de la eutanasia muestra algunas de las reales
consecuencias del llamado humanismo laicista, en razón de obedecer a
una antropología completamente distinta y, en buena medida, opuesta a
la del humanismo cristiano. Y aun cuando para otros debates
ético-jurídicos actuales no se perciba así, todos tienen esta misma
raíz filosófica
La
eutanasia puede ser abordada desde varios puntos de vista, aunque
resulta común que se invoque la libertad individual como principal
argumento en su defensa: nadie mejor que el sujeto para decidir si
desea seguir viviendo o no, por lo que se trataría de un asunto
estrictamente personal e incluso íntimo.
No obstante, para intentar
aclarar las cosas, conviene no contemplar este problema desde la óptica
de quién decide y del ejercicio de su libertad, sino más bien respecto
de lo decidido, esto es, del objeto sobre el cual recae dicha decisión.
En efecto, se argumenta que la vida sería un bien disponible para el
sujeto, al tener un valor completamente subjetivo. Además, suele darse
por descontado, al considerarlo evidente, que sólo el sujeto y nadie
más que él tendría esta prerrogativa, algo así como un derecho de
propiedad absoluto sobre su propia vida.
Sin embargo, se olvida
que toda materia disponible u opinable es de tal naturaleza, que a la
postre, cualquiera puede decidir a su respecto, pues se trata de algo
prescindible, sin un valor propio o intrínseco, no importando mucho lo
que se decida a su respecto. Por el contrario, si fuese algo
intransable o absoluto, no se lo trataría así.
En consecuencia,
lo que puede ser objeto de opinión o disposición por uno, puede serlo
también para otros, porque lo que aquí manda –conviene repetirlo– no es
la prerrogativa subjetiva y autónoma del sujeto que opta, sino la
esencia del objeto o materia sobre el cual dicha opción se ejerce.
El foco de atención debe trasladarse desde el sujeto al objeto porque
lo que manda es este último: dependiendo de lo que las cosas son, es
que en algunos casos puede disponerse de ellas y en otros, no, y no lo
contrario.
Así, por ejemplo, nadie diría que la pedofilia o la
esclavitud son materias opinables y disponibles, precisamente por ser
intransables.
Por tanto, como lo que manda es el objeto (la
realidad en sí), es absolutamente imposible que exista una materia
opinable y disponible a su arbitrio y sin restricciones sólo para el
sujeto, y que no lo sea a su vez para los demás, porque se insiste, la
clave no está tanto en un dominio o potestad del individuo, sino en la
naturaleza de las cosas que son objeto de opinión o disposición.
Y al revés: sólo algo absoluto o indisponible en sí mismo está fuera
del alcance del arbitrio, incluso para el propio sujeto titular de
dicho objeto.
En consecuencia, o la vida es un valor absoluto,
sagrado, siendo valiosa en sí misma, independientemente de los
intereses de cualquiera, incluido su propio titular, o por el
contrario, y de manera inevitable de acuerdo a la más estricta lógica,
se transforma en una cosa disponible u opinable para cualquiera, lo
cual la hace depender de la voluntad de algunos que incluso podrían
superponerse a la del mismo afectado, llegando así a la eutanasia
forzada e impuesta por el Estado, como ya está ocurriendo en algunos
países.
Max Silva Abbott
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