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(Catholic.net, 29 de octubre de 2006)
Una
cuestión de amor
Welby ha sufrido de su dolencia durante
muchos años y ahora está confinado a su cama, conectado a una máquina que le
ayuda a respirar, informaba el 23 de septiembre el Corriere della
Sera.
Su petición recibió una amplia cobertura de los medios y ha abierto
un debate nacional sobre el tema de la eutanasia.
El 24 de septiembre, el periódico La Repubblica informó de que
Napolitano había pedido al parlamento que considerara el tema.
En los
días que siguieron a la petición de Welby algunos grupos y figuras políticas
declararon su apoyo a los cambios legales que permitieran alguna forma de
eutanasia. Por su parte la Iglesia católica mostró una fuerte oposición contra
cualquier tipo de legalización.
En una entrevista con La Repubblica el
25 de septiembre, el cardenal Javier Lozano Barragán, presidente del Pontificio
Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios, recordaba a los lectores que
no podemos ponernos nosotros mismos en lugar de Dios quitándonos nuestras vidas.
Nuestra vida es un don de Dios y debe salvaguardarse, afirmaba.
El
cardenal explicaba, sin embargo, que la oposición de la Iglesia a la eutanasia
no significa que defienda un tratamiento médico excesivo que prolongue la vida a
costa de un sufrimiento innecesario. El cardenal Lozano Barragán también
recomendaba prestar más atención a los tratamientos paliativos, para aliviar los
sufrimientos de los enfermos terminales.
Por su parte, el obispo de
Terni, monseñor Vincenzo Paglia, recomendaba aprender de la experiencia de
Cristo en la cruz. En una
entrevista publicada el 25 de septiembre en el Corriere della Sera, moneñor
Paglia afirmaba que se sintió golpeado por la conjunción de dos imágenes de
vídeo enviadas por Welby: la del hombre sufriendo confinado en su cama, y la de
un crucifijo en la pared de su habitación. La cercanía del crucifijo a Welby
recordaba al obispo las palabras del Evangelio y la presencia de Cristo.
Monseñor Paglia indicaba que se necesita más amor para personas, como
Welby, para ayudarles a superar su sufrimiento. Este amor no incluye ayudar a
nadie a morir, afirmaba el obispo. El amor cristiano nos permite dar nuestras
vidas para salvar a los demás, pero no podemos quitar las vidas de otros,
observaba.
Otro pide más ayuda para
vivir
Deseo de vivir
Cesare Scoccimarro, de 45 años, que
sufre de una forma de esclerosis, replicó también a la petición de Welby. Según
la agencia de noticias Ansa, Scoccimarro declaró que, a pesar de su grave
enfermedad, que le ha confinado a una cama desde 1998, quiere seguir viviendo.
Tras conocer la petición de Welby, Scoccimarro, que se comunica por
medio de movimientos del ojo, redactó una carta al presidente de Italia. En ella
afirmaba que a pesar de estar tan enfermo como Welby, su deseo de vivir es
grande. Scoccimarro añadía que las personas en su condición necesitaban más
ayudas para hacer frente a las graves dificultades a las que se enfrentan.
Este fue el tema principal de un libro recientemente publicado. En
«Eutanasia: Spunti per un Dibattito» (Eutanasia: Ideas para un Debate), la
profesora de bioética Michele Aramini sostiene, entre otras cosas, la necesidad
de una mayor solidaridad con el anciano y el enfermo.
Esta solidaridad
incluye proporcionar la atención médica y los cuidados paliativos adecuados,
pero va más allá de los medios técnicos. Nuestra actitud hacia los demás es
también una medida de nuestro nivel de humanidad, afirma Aramini. Además, la
enfermedad y el sufrimiento tienen también un sentido moral, que necesitamos
recuperar. Es necesario que, a los enfermos que tienen el don de la fe, les
ayudemos a vivir sus esperanzas y valores religiosos. Incluso aquellos sin una
fe activa necesitan ayuda para percibir el carácter trascendente de la persona
humana.
Aramini discute la noción de que la eutanasia es necesaria para
poner fin al sufrimiento de las personas. Afirma que este suele ser un punto de
vista excesivamente simplista del tema. De hecho, los estudios muestran que la
mayoría de las personas ancianas que se suicidan tenían relativamente buena
salud o, al menos, no tan enfermos como pensaban que estaban.
De igual
forma, quienes sufren de enfermedades terminales, y quienes quieren suicidarse,
suelen sufrir de depresión. La solución para estos casos no es permitirles
morir, sino tratar la depresión.
Por eso, cuando alguien pide que se le
permita suicidarse, continúa Aramini, lo que debemos hacer es investigar la
situación de la persona para identificar las causas y proporcionar el
tratamiento adecuado que le permita superar este deseo. Desde esta perspectiva,
aceptar la idea de la eutanasia no significa ofrecer ayuda a alguien. Más bien
significa rechazar ayudarles a hacer frente a sus necesidades.
Un derecho poco claro ¿Derecho a morir?
En el plano médico, estas necesidades incluyen extender la
práctica de los cuidados paliativos de los pacientes y proporcionar el adecuado
tratamiento del dolor. Para lograr esto, es necesario preparar mejor a los
doctores y enfermeras para hacer frente a las necesidades de los enfermos
terminales y de los ancianos. También son necesarias mejoras en la comunicación
entre el personal médico, los pacientes y sus familias.
Uno de los
argumentos utilizados por quienes proponen la eutanasia es el de la autonomía,
es decir, el derecho de cada persona a elegir el momento de su muerte. Pero este
concepto no es tan decisivo, advierte Aramini.
Para comenzar, no podemos
estar seguros de que cuando una persona pide la eutanasia lo haga con verdadera
voluntad; puede ser el resultado de un momento pasajero de sufrimiento. También
hay que tener en cuenta el papel de los médicos y enfermeras. ¿Están obligados a
ayudar a la gente a suicidarse sólo porque se lo pidan?
Respecto a la
cuestión de la autonomía individual, Aramini cuestiona si la muerte de una
persona es sólo un tema personal, o si la sociedad también entra en juego. Si
aceptamos la existencia de un «derecho a morir» personal y, aún más, si
aceptamos un derecho a ser ayudado a morir, corremos el riesgo de devaluar la
vida humana.
Hay mucho en juego
Con frecuencia la petición de morir de una persona enferma
está influida por factores subjetivos relacionados con su enfermedad. Si se
reconociera un «derecho a morir», sería más fácil que los pacientes se sintieran
obligados a elegir la muerte, influidos por el deseo de no ser una carga para
los demás. Podrían también sentirse presionados a no seguir utilizando valiosas
camas de hospital y otros recursos médicos. Si se acepta ampliamente, la
eutanasia podría convertirse en una alternativa económicamente atractiva al
hecho de proporcionar un tratamiento caro.
Aramini concluye que la
legalización de la eutanasia significaría aceptar un punto de vista que hace que
el concepto de dignidad humana dependa de la «calidad de vida».
Tal
dependencia mina el principio del valor y la dignidad incondicionales de cada
persona, defiende Aramini. Dañar este principio en nombre de la autonomía
personal afecta a la sociedad en su mismo fundamento. Por eso, es erróneo
considerar la eutanasia como una decisión meramente personal que sólo afecta al
individuo en cuestión.
Una vez que perdemos nuestro respeto por el valor
de la vida humana, abrimos entonces las puertas a toda clase de abusos, como ha
ocurrido en Holanda con la práctica en expansión de la eutanasia, advierte
Aramini. La compasión por el enfermo, por lo tanto, no significa acelerar
indebidamente su muerte.
Autor: Miguel Ángel Monge
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