|
(ABC, Cartas al director, 1 de noviembre de 2006).
Hace unos años, al escribir a un amigo en el aniversario
de la muerte de su padre, víctima de un atentado terrorista, después de
agradecérmelo, me hizo notar delicadamente que, más que la fecha de su
muerte, era la de su asesinato. El matiz tiene su importancia: no
murió, le mataron.
Me he acordado de esto al oír hablar de una asociación
que promueve la legalización de la eutanasia y que habla del derecho a
morir dignamente. Morirse, se muere solo; pero si a uno le dan una
sustancia mortal, o le quitan la alimentación, no se puede decir tan
sólo que haya muerto: le han matado, alguien le ha quitado la vida.
Con la maraña de información (y desinformación) hay que
recordar lo obvio: No es lo mismo morir que ser matado. Como tampoco es
igual morir dignamente que matar (según ellos, dignamente, por contar
con su consentimiento, por lástima, por comodidad o por sanear las
cuentas de la sanidad pública). Si empezamos por hablar con rigor, será
más fácil entender cuándo hablamos de quitar el encarnizamiento
terapéutico -algo aceptado por todas las culturas- y cuándo de
eutanasia.
Santiago Chiva de Agustín
Granada
|