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(Aceprensa, 27 de diciembre de 2006)
Roma. La muerte de Piergiorgio Welby pone
fin a un caso que ha ocupado durante tres meses cientos de páginas de
periódicos y horas de emisión en Italia. Un enfermo de distrofia
muscular, paralizado pero perfectamente lúcido, conectado a un
respirador artificial, que pide ser desconectado y morir. Su dura
situación clínica no era peor que la de otros enfermos similares, pero
sí su situación anímica, a pesar de los cuidados que durante años le
prestó su mujer.
Los expertos
dictaminaron que no se trataba de un caso de ensañamiento terapéutico.
No era un paciente terminal, pues no existía peligro inminente para la
vida, el enfermo estaba consciente y comunicaba a través de su esposa.
De acuerdo con las leyes italianas, un paciente puede pedir la
suspensión de un tratamiento que no desee (otra cosa es la valoración
moral de esa decisión); y puede solicitar la terapia adecuada para
paliar el dolor causado por esa interrupción. Welby podía haber sido
acompañado a una muerte sin sufrimiento en conformidad con la ley
vigente. Lo que ocurre es que deseaba una sedación que lo llevara de
inmediato a la muerte. Para contentarle no bastaba simplemente con
desconectar el respirador.
El caso fue abanderado por el Partido
Radical italiano, y de este modo lo que era una tragedia íntima y
familiar entró a formar parte del "circo mediático". Al final, un
médico anestesista -ajeno a los que atendían al enfermo- le suministró
un "cocktail farmacológico" y le desconectó el respirador, en presencia
de algunos familiares y de la plana mayor de los radicales. A estos les
faltó tiempo para dar la noticia de la muerte en su emisora de radio y
convocar una rueda de prensa. Era lo que buscaban: una muerte bajo los
reflectores, en nombre -eso sí- de la piedad y de los derechos
individuales.
Si hubo o no delito en la acción del anestesista
(si fueron los fármacos los que provocaron la muerte), lo comprobará la
magistratura. Lo que sí está claro es el ensañamiento ideológico que ha
rodeado todo este trágico episodio. La sobreexposición del caso estaba
destinada a provocar la saturación y a suscitar en la sociedad una
respuesta más emotiva que racional a favor de la eutanasia. Si lo han
conseguido o no, es pronto para decirlo. A ello hay que añadir una
información confusa en la que se ocultaba, a veces deliberadamente, que
lo que el paciente pedía del Estado era una acción positiva: darle el
empujón necesario para el suicidio.
Ante esta situación, la
diócesis de Roma se vio obligada a tomar una decisión difícil: con sus
gestos y sus escritos, Welby se había puesto en una situación que
contrastaba con la doctrina católica. Por esa razón, y atendiendo
también al clamor del caso, no se celebrarán funerales religiosos.
Un especialista en cuidados paliativos que visitó a Welby en los
últimos días, y que rechazó ejecutar lo que al final hicieron otros,
comentó con amargura: "quien lleva adelante la batalla por la eutanasia
y usa a Welby para hacer brecha, olvida que detrás de todo esto está la
soledad y el dolor de un ser humano". La conclusión no es reglamentar
la eutanasia sino preguntarnos qué más podemos hacer por estos enfermos
que han perdido las ganas de vivir.
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