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(Diario de Burgos, 16 de febrero de 2007)
Robertson Davies
pone esta frase en boca del protagonista de su novela El quinto en
discordia. Otro lúcido analista de la barbarie del siglo XX,
Walker Percy, había dicho poco antes que del sentimentalismo
a las cámaras de gas solo hay un paso.
Nuestra civilización
pasa por ser eminentemente científica y tecnológica,
es decir, enaltecedora de la más fría racionalidad.
En principio, el objetivismo propio de la ciencia no deja espacio
para lo subjetivo: el dato empírico y el razonamiento matemático
se imponen a todos, sea cual sea su peculiar idiosincrasia. Pero precisamente
esa entronización de la razón científica y la
consiguiente descalificación de lo no científico han
llevado a una exasperación de las dimensiones irracionales
de la condición humana: posmodernidad, en la que todo vale,
frente a modernidad.
Una manifestación
de ese fenómeno sería la extraordinaria difusión
de los planteamientos vitales impregnados de sentimentalismo. Por
ejemplo, en el modo de entender y vivir el amor. Larry King, uno de
los últimos grandes de la televisión norteamericana,
justificaba en una entrevista reciente su accidentada trayectoria
sentimental -siete matrimonios con seis mujeres, con una de ellas
se casó dos veces-: "He crecido en una cultura en
la que cuando uno se enamora, se casa". El amor como algo voluble
por definición, que va y viene según leyes misteriosas
y ajenas a la propia voluntad, casi como la ‘motivación'
de nuestros alumnos.
Lo más "razonable"
Este sentimentalismo
epidérmico se convierte en uno de los factores que contribuyen
a la aceptación de la eutanasia. En una sociedad como la nuestra,
donde la ‘calidad de vida' ocupa el lugar que durante siglos
correspondió a la mera supervivencia, el dolor, el sufrimiento
y la muerte se erigen en el Mal absoluto, en lo que no debe ser de
ninguna manera. En el extremo, si no resulta factible suprimirlos
-a pesar de los espectaculares avances de la medicina paliativa-,
el sentimentalismo lleva de modo natural a la eliminación del
que sufre. "Muerto el perro, se acabó la rabia",
dice nuestro refrán popular. Si se desdibuja la entidad y el
valor único, absoluto, de la persona humana -a eso lo
llamamos de modo clásico dignidad-, la vida del que sufre
se vuelve un escándalo, que además da mucho trabajo
y gasta un dinero que apenas tenemos, por lo que matarlo resulta de
lo más razonable. Se encomienda entonces a los expertos la
ingeniería conceptual necesaria para manipular desde el lenguaje
hasta la deontología profesional pasando por las leyes, para
conseguir que la gente acepte sin resistencia esa nueva realidad.
Las consecuencias serán incalculables y terribles, pues se
rompe así la tradicional solidaridad que mantenía más
o menos unidas a las sociedades, por encima de los inevitables conflictos.
El ‘Estado de derecho' se vacía de contenido y la
recaída en la ley de la selva está servida: los débiles
son entregados sin piedad en manos de los fuertes. ¿Querremos
vivir en un mundo así?
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