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(La Razón, 25 de marzo de 2005) Cartas al Director, de Serafín García Herreros (Murcia) y Jordi Molas (Barcelona)
Terri Schiavo, la mujer con daños cerebrales a la que se le ha quitado el tubo de alimentación en Florida ha sido condenada a morir de hambre y de sed por un juez norteamericano ¿Su delito?: no morirse de una puñetera vez. Este juez no es justo sino impaciente. Con un poco de paciencia todos pasamos por el trance de la muerte. Si un padre pidiera a este juez autorización para dejar de nutrir a su hijo de dos meses, seguramente el juez justo le daría dos tortas por toda respuesta. Pero en este caso resulta que el juez ha tomado el papel del imbécil que piensa que su trabajo consiste en decidir quién tiene derecho a vivir. Que ha condenado a Terri a muerte es un hecho irrefutable, como lo es que el procedimiento es el más cruel posible: matar por hambre y sed. Con una inyección letal se eliminaría el sufrimiento y se pondría de manifiesto la firmeza de la decisión de matar. Poner una inyección es hacer de verdugo, mientras que dejar de alimentar… a Terry, es hacer de samaritano. ¿No?
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Terri Schiavo no está en coma. Se encuentra en un estado vegetativo en el que no necesita de unos grandes medios para seguir viva. Sólo necesita que la alimentasen mediante una sonda. Su marido –que ya tiene otra familia– ha pedido que la dejen morir y un juez ha accedido. Probablemente, Terri morirá de inanición dentro de 10 días. La tragedia no es que Terri muera de hambre, aunque bien es cierto que este detalle hace que esta historia sea mucho más cruel. Lo realmente doloroso es la enorme contradicción en la que lentamente nos estamos sumergiendo: por un lado luchamos para erradicar la pena de muerte, pero por otro somos capaces de permitir este tipo de situaciones movidos por una extraña compasión. Probablemente la actual existencia de Terri sea incómoda, o excesivamente dolorosa para sus íntimos. Pero, a pesar de su estado, Terri sigue siendo una persona con todos sus deberes y todos sus derechos. Y, por muy dolorosa que sea su existencia, ésta no es indigna. Por esto, no existe ningún motivo que nos autorice a decidir cuándo alguien tiene que morir. |