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(Expansión, 31 de enero de 2007)
Durante estos
días se ha proyectado en la televisión alemana una miniserie
titulada 2030-La rebelión de los viejos. El guión muestra
cómo la situación demográfica de los países
occidentales obliga a los gobiernos a maquinar la eliminación
silenciosa de los ancianos, para disminuir el gasto público
a la vista de unas arcas casi vacías. Protagoniza la serie
una valiente periodista que investiga y desenmascara esa trama criminal.
La película ha suscitado un considerable debate en el país,
planteando de nuevo las consecuencias de la disminución de
la natalidad y el envejecimiento de la población.
Ese debate lleva
abierto ya mucho tiempo en el país más envejecido del
mundo, Japón, donde los mayores de 65 años superan ya
en número a los menores de veinte, algo que pronto sucederá
también en Occidente. El último episodio sonado de esa
discusión lo constituye la publicación de un informe
gubernamental que pronostica nada menos que la extinción del
pueblo japonés para el año 3.200. La gráfica
que expresa esa tendencia se ha convertido en un auténtico
hit en la opinión pública.
No es dificil convencer a la opinión pública
Echamos de menos
el frío y la nieve, y no solo porque no podemos esquiar, pero
el invierno demográfico llega puntual a la cita, tal como nos
venían anunciando los expertos (la demografía es una
ciencia que permite formular pronósticos muy fiables, aunque
no sé si tanto como en el caso japonés, para el horizonte
de más de un milenio). El Estado del Bienestar, que asegura
generosas prestaciones y subsidios, se ve incapaz de atender a una
bolsa de población creciente. Es verdad que los prejubilados
de 50 o 60 años se encuentran en plena forma y disponen de
casi veinte años por delante -y de dinero- para disfrutar.
Pero finalmente enfermarán y morirán, y en ese tramo
final de su vida requerirán abundantes cuidados y provocarán
un elevado gasto sanitario. El ahorro sería fabuloso si la
vida de esas personas pudiera acortarse tan solo un par de años.
No me parece casual que precisamente en estas circunstancias se plantee
la regulación de la eutanasia. En un mundo tan economicista
como el nuestro, cualquier medida racionalizadora del gasto contará
con la aprobación inmediata y entusiasta de los gestores, aunque
sea al precio de la eliminación de un sector considerable de
las denominadas clases pasivas. Hay recursos de sobra conocidos para
conseguir que la opinión pública acabe aceptando esa
práctica homicida.
Alejandro Navas
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