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(Aceprensa, 7 de febrero de 2007)
El pasado diciembre la Asamblea General de
Naciones Unidas aprobó la Convención sobre los derechos de las personas
con discapacidad. Desde 1975 existía una Declaración de Derechos de 13
artículos, que cabía en dos páginas. La nueva tiene 50 artículos mucho
más largos y complejos, destinados a prevenir toda discriminación
negativa respecto al trabajo, salud, educación, acceso a la justicia,
intimidad...
La idea directriz
de la Convención es clara: "El objetivo de esta Convención es promover,
proteger y garantizar el completo e igual disfrute de todos los
derechos humanos y de las libertades fundamentales a todas las personas
con discapacidad, y promover el respeto de su inherente dignidad" (art.
1). La discapacidad puede ser de origen físico, mental, intelectual o
debida a problemas sensoriales, con lo que nadie queda excluido.
Dentro de los múltiples derechos que la Convención reconoce, el más
básico y expresado con más claridad es el derecho a la vida: "Los
Estados partes reafirman que cada ser humano tiene un derecho inherente
a la vida y tomarán todas las medidas necesarias para garantizar que
las personas con discapacidad puedan gozar de él efectivamente en los
mismos términos que los demás" (art. 10).
Hay que felicitarse
por esta creciente sensibilidad hacia los derechos de los
discapacitados. Pero también hay que preguntarse si esta declaración de
derechos es compatible con la mentalidad eugenésica que está llevando a
privar del derecho a la vida a los discapacitados que se detectan en el
seno materno. Cada vez más, el diagnóstico prenatal se utiliza por los
padres como una criba para evitar que un ser humano con discapacidad
llegue a ver la luz.
Un caso patente es la detección y
eliminación de forma casi sistemática de los fetos con síndrome de Down
o trisomía 21. En estos días se ha publicado en Francia un estudio de
la dirección general del INSERM sobre el diagnóstico prenatal del
síndrome de Down. "En general, Francia se caracteriza en relación con
otros países por un política de detección muy activa de las anomalías
congénitas", dice el informe. Tan activa que, en el caso de la trisomía
21, ese análisis se propuso a 630.000 mujeres para un total de 750.000
nacimientos. A partir de los resultados de esos análisis, se realizaron
36.000 amniocentesis, diagnóstico -no exento de peligros para el feto-
que permite detectar la trisomía 21. Como no hay un registro nacional,
no se sabe cuántos fetos afectados fueron eliminados.
Pero el
estudio de los investigadores del INSERM se basa en los datos del
registro parisino de malformaciones congénitas y sobre los 1.433 casos
de nacidos con síndrome de Down registrados en un periodo de veinte
años (1983-2002). Los investigadores han encontrado que estos
nacimientos son dos veces más elevados en las mujeres sin profesión que
en las mujeres de categorías profesionales superiores. Y concluyen que
habría que evitar estas diferencias "sustanciales" que "resultan a
menudo de una falta de información y de barreras de acceso al
diagnóstico". Así que dan por supuesto que solo la ignorancia o la
precariedad económica les ha impedido ejercer su derecho al control de
calidad de su descendencia. Ese chico entrañable con síndrome de Down
que el cine francés retrató en "El octavo día", tendría mucha
probabilidad de no ser hoy aceptado en la frontera eugenésica.
Pero hay quien sabe y puede, y sin embargo acepta al hijo en camino. El
estudio pone de relieve que, como media, el 5,5% de las mujeres que
saben que esperan un hijo con síndrome de Down deciden llevar a término
su embarazo. Ese porcentaje sube al 11% en el caso de las mujeres no
empleadas y se sitúa en el 15-21% entre las mujeres de origen africano.
¿No será que la diferencia sustancial estriba en el valor que los
distintos tipos de madres atribuyen a toda vida humana, también a la de
los discapacitados? La nueva Convención de Naciones Unidas reconoce a
los discapacitados, entre otros derechos sanitarios, el acceso a los
servicios de "salud reproductiva", que en muchos países incluyen
también el aborto. Y es irónico que una Convención destinada a proteger
a los discapacitados incluya también unos servicios que acaban
sirviendo para negar el derecho a la vida de las personas
discapacitadas aún no nacidas.
Ignacio Aréchaga
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