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(Aceprensa, 7 de febrero de 2007)
El pasado enero, Madeleine Z. , aquejada de
parálisis progresiva, se suicidó porque no soportaba la perspectiva de
tener que depender de la ayuda de otros.
A propósito de esto, recuperamos un texto del Prof. José Miguel
Serrano, en su libro "Eutanasia y vida dependiente " (EIUNSA, 2001).
Si la autonomía es el gran mito contemporáneo, que por supuesto ha
tenido sus efectos jurídicos positivos, la dependencia es la realidad
oculta. Permanece oculta en un nivel teórico pues en la vida cotidiana
la dependencia como cualidad constitutiva del hombre es notoria. La
experiencia de cada uno de nosotros es que somos dependientes no sólo
en fases concretas de nuestra vida, sino también en los mismos momentos
en que parecemos aproximarnos al ideal autónomo que define nuestra
situación contemporánea.
(...) El desplazamiento hacia el
subjetivismo, propio de la modernidad, ha tenido su expresión
fundamental en la omnipresencia del derecho subjetivo, ligado a la
reivindicación, como forma fundamental en la que los hombres se
relacionan entre ellos y con la sociedad y los poderes públicos. De ahí
el énfasis en la autonomía como situación ideal y como presupuesto de
cualquier razonamiento sobre el hombre.
De las dos cualidades
más importantes de la definición del hombre, el hombre como animal
racional y como animal político, tal como sabemos desde Aristóteles,
nuestro mundo parece más inclinado a considerar la primera en
detrimento de la segunda. Sin embargo, la cualidad que lo define como
animal político, en su sentido más clásico, es difícilmente negable, y
además es la que plantea mayores retos desde una perspectiva
estrictamente humana.
La propia definición del hombre como
animal político ayuda a considerar la cualidad de dependencia. No se
trata exclusivamente de que el hombre tenga unas carencias que impiden
su autarquía, y que fuerzan su inserción en comunidades complejas (...).
Se trata de que el hombre alcanza su perfección como tal en la relación
con los demás, de manera que, en buena medida, la propia definición de
felicidad depende de este factor relacional. Esto es lo que intuye la
mayor parte de nuestra sociedad, cuando sitúa a la familia o los amigos
como elementos prioritarios de la propia felicidad. (...) Observamos que
el hombre, en el desarrollo de su propia libertad, depende de los demás
y del entorno social.
Por otro lado, desde una perspectiva
social, los más dependientes de entre nosotros tienen un valor
intrínseco. Ejemplifican con claridad un aspecto esencial de la
condición humana. Es más, son factor esencial del desarrollo de algunas
de las cualidades más nobles que pueden darse en nuestra especie y en
nuestras sociedades. La capacidad de dar y recibir la entrega gratuita
del otro es una cualidad humana esencial. Si se abandona en nombre de
una ilusoria autonomía nos encontraremos ante sociedades que, en
sentido estricto, se encuentran deshumanizadas.
El grado de civilización
La atención especial a los más dependientes es un factor que define el
grado de civilización. En sentido estricto, es una superación moral de
la misma regla de oro, máxime cuando se dirige a personas que se
encuentran en una situación que presumiblemente no todos alcanzaremos.
Esta actitud no es meramente sentimental, sino que ayuda a comprender
la condición humana de una forma más completa, tal como muestran no
sólo quienes tratan con minusválidos o deficientes psíquicos sino
también los mismos minusválidos y deficientes.
Por eso,
considerar que vale menos la vida de quienes manifiestan con mayor
agudeza la situación de dependencia que es común a nuestra especie es
un disparate basado en un prejuicio ideológico que surge del espejismo
de la total autonomía.
Lo más grave es que este prejuicio, que
puede incluso basarse en el humanitarismo, puede llevar a la conclusión
de que el valor de la vida de los más dependientes se manifiesta
fundamentalmente en su desaparición, es decir, en la muerte como bien
infligido a otro. Desde la misma perspectiva, y en una visión puramente
economicista de la realidad, los dependientes son considerados
exclusivamente como una rémora, sin valor intrínseco, recibiendo
exclusivamente una solidaridad sentimental pero sin apreciar su
intrínseco valor humano.
El triunfo en la ideología dominante de
una perspectiva puramente hedonista, lleva aparejada una especial
incomprensión hacia el valor de la enfermedad, una completa destrucción
de la propia personalidad ante el sufrimiento. (...) La incomprensión
ante el sufrimiento propio genera incomprensión del sufrimiento ajeno.
Y al ser incapaces de imaginar, desde la perspectiva hedonista, ningún
valor en la propia vida sufriente, el hombre contemporáneo y las
sociedades (...) se ven incapaces para valorar la vida sufriente de los
que se ven en circunstancias especialmente dolorosas.
Otra
característica contemporánea que incide con fuerza en la cuestión que
tratamos es el productivismo. La reducción de la vida humana y sus
valores a la producción, el universal pragmatismo de nuestras
sociedades, y el modo gerencial de tratar los aspectos sociales encubre
las deficiencias humanas, y conduce a la minusvaloración de todos
aquellos que no participan muy directamente del proceso productivo.
(...) Así, estas personas aparecen como una rémora del desarrollo
social, del bienestar concebido como final de toda la actividad social.
Por esto, la discusión sobre la eutanasia no es un asunto individual,
sino social. Por eso, mantener la penalización no es una carga sobre la
autonomía de algunos, es una decisión fundamental sobre el tipo de
sociedad que pretendemos y es una medida protectora de quienes, aunque
están minusvalorados en la ideología dominante, poseen un valor
ontológico y social fundamental para la propia constitución de una
sociedad moralmente aceptable.
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