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(El Correo Gallego, 27 de enero de 2007)
JESÚS
FONTENLA
La
última en darse de baja ha sido Madeleine. Tras cada uno de estos
suicidios asistidos que periódicamente nos gotean, se oye la misma
frase: "es un crimen ignorar el sufrimiento de aquellos que padecen
enfermedades incurables". Es cierto, sería de una inhumanidad bestial
torcer la cara ante el dolor ajeno, o hablar de él sesgadamente y a
base de golpes emocionales. Hablemos de la eutanasia, de qué significa,
de la soledad del enfermo y de sus familias, de si prescribe la
dignidad humana, de la eficacia de los cuidados paliativos y de su
implantación en sólo el 30% de los hospitales españoles, de la eficacia
de los tratamientos contra el dolor.
Hablemos de Médicos sin Fronteras, la Cruz Roja, Cáritas,
Basida, Cudeca, organizaciones sin ánimo de lucro que se desviven por
acompañar y aliviar a los enfermos terminales. Son los herederos del
servicio humanitario que abre Fabiola con el hospital romano del año
400 y que continúan los hospicios medievales, los lazaretos del siglo
XVII, los hospices posteriores o el actual Plan del Gobierno francés de cuidados paliativos.
Hablemos de la Asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD) y de
su Guía de Autoliberación: "Debe utilizarse un número elevado de
pastillas para alcanzar la dosis letal. Los comprimidos se pueden
machacar en un mortero y mezclarlos con zumo o yogur para disimular el
mal sabor. Hay que elegir el método que impida una reanimación
posterior. A los 30 minutos aparece un sueño que va en aumento. En esta
etapa puede aparecer el vómito, por lo que se aconseja una última
comida ligera e ingerir el cóctel en posición sentada".
¿Por qué DMD sólo habla de los cuidados paliativos en la letra pequeña? ¿Por qué acompañaron a Madeleine sin esperar siquiera a que llegase su hijo? Venga, hablemos.
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