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(Aceprensa, 31 de enero de 2007)
En estos días dos personajes se han
encarado con la muerte para forzar un cambio legal en España. Madeleine
Z., de 69 años, padecía una grave enfermedad progresivamente
paralizante, y se ha suicidado exponiendo su muerte en el escaparate
mediático para provocar que la ley llegue a reconocer la cooperación al
suicidio y la eutanasia. Iñaki de Juana Chaos, terrorista de ETA
condenado por 25 asesinatos, está al borde de la muerte por su huelga
de hambre, para exigir su excarcelación, tras cumplir una condena de 18
años y ser de nuevo condenado a otros 12 por "amenazas terroristas"
expuestas en un artículo. Dos personajes muy distintos -inocente una,
culpable el otro-, a los que une el deseo de ejercer su autonomía
frente a la pretensión ajena de que permanezcan con vida. ¿Hay que
respetar su decisión?
Madeleine
dejó muy clara su libre determinación al elegir la muerte, así como las
razones de su opción. Aunque no era una enferma terminal ni mucho
menos, la enfermedad paralizante le privaba de toda esperanza: "Esto no
es vida. Quiero dejar de no vivir". Le horrorizaba tener que ser
cuidada por otros, lo que identificaba con una pérdida de dignidad: "Mi
libertad es morir con dignidad". Con este mensaje, lanzado a través de
su suicidio mediático, quería favorecer la conquista legal del derecho
a morir.
De Juana Chaos no busca la muerte, sino la libertad.
Pero también está dispuesto a perder la vida antes que seguir en
prisión. Esto no es vida, dice a su modo. Su móvil es protestar por la
condena y forzar una aplicación de la ley distinta de la que decidieron
los jueces. Y en uso de su autonomía pide que se respete su decisión de
no alimentarse, aunque le cueste la vida. En último caso, su muerte le
haría un "mártir" de la causa por la que antes luchó asesinando a otros.
Tanto Madeleine como De Juana invocan su autonomía y su dignidad frente
a la ley. Y, ciertamente, si se abre paso la idea de que ciertas
situaciones hacen que la vida sea indigna de ser vivida, ¿qué oponer al
deseo de un condenado a largas penas de prisión que prefiere morir? Si
una enferma como Madeleine considera que la muerte es preferible a una
vida como la suya, ¿no puede pensar lo mismo quien ha sido condenado a
estar encarcelado largos años en un ambiente hostil? Si el único
criterio es la autonomía individual, habría que respetar la decisión de
quien prefiere expiar su pena con una muerte rápida.
Muchos
sostienen que el derecho a la vida es un derecho irrenunciable. Pero, a
falta de un planteamiento trascendente de la vida, es difícil que otras
razones morales puedan sostener a quien está sumido en una situación
dolorosa y sin esperanza.
La sociedad puede y debe proporcionar
la ayuda necesaria a quien atraviesa esta dramática situación. Pero en
una sociedad pluralista y secularizada como la actual, la ley es
impotente para obligar a vivir a quien no encuentra razones para ello.
Otra cosa es que de ahí se derive un "derecho a morir", que deba ser
reconocido por la ley y asistido por el personal médico. "La gama de
calificaciones que puede merecer una conducta es más amplia que la que
marcaría un forzado dilema 'o delito o derecho'", observa Andrés Ollero
hablando de la eutanasia en su reciente libro "Bioderecho". "No tenemos
derecho, en sentido propio, a hacer todo lo no prohibido. Simplemente
podemos hacerlo de hecho, sin que de ello deriven respuestas obligadas
por parte del ordenamiento jurídico. Conductas susceptibles -por no
sancionadas- de considerarse permitidas o toleradas, solo se convierten
en derechos cuando el actor dispone de un título legítimo capaz de
habilitarle para solicitar el amparo del ordenamiento".
Tanto
Madeleine como De Juana pueden buscar de hecho la muerte, pero ninguno
tiene un título jurídico para exigirla. Respecto al caso De Juana, "El
País" se preguntaba en un editorial: "¿Qué tribunal dejaría de utilizar
las opciones existentes en el marco legal para tratar de evitar que un
preso que está bajo su custodia, y sobre el que todavía no pende una
condena definitiva, fallezca o padezca lesiones irreversibles?". Es una
pregunta legítima y abierta al debate. No se sabe si "El País" hizo
algo por evitar la muerte de Madeleine, con la que estaba en contacto,
aparte de enviar a una redactora para que contara sus últimos momentos.
Pero unos días después del suicidio escribía en otro editorial: "Eligió
libremente y eligió morir, ofreciendo su testimonio como una
contribución póstuma al debate sobre la conveniencia de regular la
eutanasia en España en determinados supuestos. La libertad es un
elemento fundamental de la dignidad humana. Y para muchas personas
disponer de la propia vida es el mayor ejercicio de la libertad".
De Juana también puede decir que ha elegido morir, antes que vivir sin
libertad, ofreciendo su vida como testimonio por la causa de la
independencia vasca. Y si la autonomía de la persona fuera el criterio
supremo, no habría mucho que objetar.
Ignacio Aréchaga
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