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Publicado en El País, 12 de octubre de 2004 (Tribuna sanitaria) por Pablo Simón, médico de familia, especialista en Bioética y profesor de la Escuela Andaluza de Salud Publica en Granada.
Parece fuera de toda duda la
extraordinaria calidad cinematográfica de la última película de Alejandro
Amenábar, Mar adentro. Si a la exquisita sensibilidad visual y musical
que le imprime su director se le añade el impresionante trabajo de todos los
actores, comenzando por el inigualable Javier Bardem, el resultado no puede ser
otro que el obtenido: una de las más bellas películas que los espectadores hemos
tenido oportunidad de ver en los últimos tiempos.
La paradójica belleza heroica de la
historia de Ramón Sampedro, de su lúcida lucha por que su libertad fuera
respetada hasta el final, ofrecía un argumento tan difícil como atractivo. Y
Amenábar ha sabido aprovecharlo para ofrecernos una sabia mezcla de tragedia
clásica, frescor intimista y humor galaico. Mar adentro,
independientemente de la suerte que tenga en la carrera hacia los Oscars,
pertenece ya al elenco de las películas históricas del cine español. Pero... Sí,
hay peros.
El pero es que toda la
extraordinaria belleza visual que derrocha la película está al servicio de un
argumento ideológico ya previamente cerrado y concluido. El de que Ramón
Sampedro tenía “toda la razón”, y que todos los que no compartían su visión eran
ideológicamente retrasados, o tenían oscuros intereses que defender. Por eso son
descarnada e injustamente caricaturizados en el filme.
Así, la extraordinaria sensibilidad
de la película, más que para ofrecer una presentación de las luces y oscuridades
de los argumentos racionales de uno y otro lado, se utiliza para mover los
sentimientos y la simpatía del espectador hacia la causa de Sampedro. Esto en
ética tiene un nombre. Se llama emotivismo: las posiciones morales no
son más que un trasunto de los sentimientos.
Es bien significativo que el
análisis que más se oye de labios de los espectado res, al final del filme, se
limite a frases como “me ha hecho llorar” o “me ha emocionado”.
El emotivismo del guión de Amenábar
contrasta paradójicamente con la constante reivindicación de Sampedro de que se
le ofrezcan “razones” para rechazar su petición.
Por eso creo que la película es, en
el fondo, cobarde. No hay más que colocarla al lado de una película como
Pena de Muerte (1995), dirigida por Tim Robbins e interpretada por
actores nada sospechosos de conservadurismo como Susan Sarandon o Sean Penn,
para apreciar los contrastes entre una y otra. En Pena de Muerte el
espectador tiene que asumir hasta el final la responsabilidad de posicionarse:
el argumento está abierto, y cada uno tiene que elegir de qué lado se queda en
la solución al problema moral de la licitud o ilicitud moral de la
pena de muerte. La película de Tim Robbins es también
extraordinariamente sensible, pero no juega con los sentimientos del espectador
para inducirle a que se posicione de una determinada manera. Esto es lo que
sucede, en cambio, en Mar adentro.
Otro elemento que distorsiona la
valoración crítica de la película es la idea, amplificada hasta la saciedad por
los medios de comunicación, de que la película vuelve a plantear el problema de
la eutanasia. Y es que esto es sólo una verdad a medias. Digo a medias porque la
película sólo plantea una mitad del problema moral de la eutanasia. Y
precisamente la mitad que una buena parte de los especialistas en bioética,
incluso algunos que provienen del mundo de la teología moral católica —Hans
Küng, por ejemplo—, y muchos ciudadanos, ya han dado por superado hace tiempo.
Es la cuestión de si resulta aceptable que alguien desee gestionar su autonomía
moral personal, su proyecto vital y su cuerpo, hasta el final, esto es, incluso
hasta decidir su propia muerte.
Desde la perspectiva de la ética
filosófica, racional y secular, no hay argumentos para oponerse a esta idea.
Incluso el mundo jurídico así lo entiende: nadie es detenido por haber intentado
suicidarse, como muy bien decía, con toda la razón, el propio
Sanpedro.
El verdadero problema moral y
jurídico actual de la eutanasia no es, por tanto, ese que plantea la película de
Amenábar. El mar tiene más orillas. Y una es ésta: si el reconocimiento del
derecho personal a la gestión de la vida y de la muerte implica la potestad de
otros, o incluso su deber, de corresponder a la petición de muerte. Es decir,
¿puedo o debo dar yo muerte a otro cuando me lo pide?
En el caso de los profesionales
sanitarios —que sorprendente y tristemente, no aparecen para nada en la
película— el problema se agudiza por la tradicional identificación del fin de su
profesión con el ideal de proteger la vida o la salud. O sea, ¿puedo yo, médico
o enfermera, entrar mar adentro contigo, paciente que me lo pides o tengo la
obligación moral de quedarme en la orilla, porque ese viaje que me propones no
puedo hacerlo contigo, aunque entiendo que tú lo hagas?
Y esta segunda orilla del problema
lleva directamente a una tercera. Es ésta: aun en el caso de que podamos aceptar
éticamente que, en determinadas situaciones, uno puede dar muerte a otro cuando
este se lo pide, queda el problema de lo que sucederá cuando esto se convierta
en una práctica social. Es decir, cómo pasar del ámbito privado al publico
estableciendo salvaguardas éticas y jurídicas suficientes para evitar abusos.
Los 1.000 casos anuales de eutanasia sin petición expresa del paciente de la
experiencia holandesa de la década de 1990 deberían alertamos a este
respecto.
Nada de esto aparece
en la película de Amenábar. También es verdad que no tenia ninguna obligación de
plantear tales cuestiones. Lo que fastidia es que la extraordinaria belleza de
sus imágenes y su música este consiguiendo hurtar a los españoles la necesidad
de plantearse abierta, crítica y seriamente toda la complejidad del problema
moral y legal de la eutanasia. Esto es, sin argumentos emotivamente cerrados
a priori. |