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(El País, 29 de noviembre de 2006)
"Me llamo Carlos Cristos y tengo 48 años. Soy médico de familia y creo
que soy consciente del significado de la atrofia de múltiples sistemas
(AMS) de la que he sido diagnosticado. Es invalidante, progresiva y
mortal. No puedo caminar y necesito cada vez más ayuda". La
colaboración de su cuidador hace comprensibles estas palabras con que
empieza la película Las alas de la vida. Al poco, el espectador
se acostumbra y acompaña la voz fragmentada del médico en su última
consulta, un viaje cinematográfico y vital hacia la dignidad y la
aceptación de la muerte.
Carlos fue lo que siempre deseó: médico de pueblo. Tuvo "la
oportunidad de hacer cosas por las que vale la pena vivir". Tiene una
mujer, también médico, y una hija pequeña. Y muchos amigos. Vive en una
espaciosa casa en Mallorca y ha ayudado a pacientes, enfermos
terminales, a pasar por el mismo trance por el que atraviesa a causa de
la AMS. Para esta rara enfermedad no hay tratamiento. Pero se siente un
"privilegiado", reitera en el filme, premio al mejor documental de la
reciente edición del Festival de Valladolid.
Hoy apenas puede
hablar ni mover su cuerpo postrado, aunque no pierde lucidez. Espera
que le llegue la muerte, sin provocarla ni prolongarla, sin dolor, sin
máquinas. Así lo ha dejado escrito. Pero antes ha querido aprovechar su
"energía restante" y su experiencia como médico para realizar un
proyecto de divulgación que aborde "con frialdad y desapasionamiento
los temas relativos al fallecimiento". "Reflexionar y, si es posible,
con una sonrisa", apostilla.
Carlos le pidió a un amigo, el
realizador Toni Canet, que filmara los últimos años de su vida, su
proceso de aceptación de la inminencia de la muerte. De 2003 a mayo del
2006, una cámara se coló en su casa, su dormitorio, las comidas
familiares, las reuniones con los amigos, las visitas al neurólogo, las
sesiones de fisioterapia, la piscina donde su hija le enseña cómo
bucea. Las imágenes recogen las espléndidas panorámicas del
Mediterráneo o el Atlántico que Carlos disfrutaba desde su ala delta, a
la que era aficionado. En la película se recoge la evolución de la
enfermedad y del pensamiento de quien hace bromas casi hasta el final.
El
médico también tuvo una faceta de comunicador. Colaboraba con Radio
Nacional de España dando consejos médicos. Además, era inventor de
diversos artilugios, como la rejilla de estaño que le permitía pulsar
una sola tecla con un dedo para escribir en el ordenador. En el
documental también se escucha música compuesta por él, que formó parte
en su juventud del grupo musical Buxo, en su Galicia natal. De hecho,
notó uno de los primeros síntomas de la enfermedad cuando empezó a
"emborronar el discurso musical".
No dio importancia a dejar de
conducir. Fue poco a poco renunciando a los actos más cotidianos. La
ayuda de su esposa, Carmen Font, ha sido imprescindible. El amor
incondicional de su hija, un estímulo. El diagnóstico de la enfermedad
fue como una amputación "de la esperanza", dice su mujer en el
documental, estrenado el pasado viernes en Valencia y Valladolid, y
próximamente en el resto de España. "Lo entiendes con la cabeza, pero
no con el corazón", apunta él.
También Carlos ha ayudado en lo
que puede. Está conectado por Internet con la asociación que aglutina
en todo el mundo a 800 enfermos de la extraña AMS. Como es el único
médico de la asociación, recibe muchas consultas, explica y da consejos.
Nada
es fácil cuando no se encuentra remedio para sí mismo. Lo probó todo.
La investigación con células madre abrió una rendija al optimismo. Se
presentó voluntario para que se experimentara con él los adelantos que
se practicaban en las ratas de laboratorio. Uno de los más destacados
científicos en el campo de las células madre en España, Carlos Simón,
lamenta en la película la imposibilidad de ayudarle ahora, aunque muy
probablemente en cinco años, se encontrará una cura con estas técnicas.
"Toni,
¿estás rodando?", pregunta Carlos al cineasta con quien ha convivido
para realizar un testimonio irrepetible. "Ha sido muy doloroso. Pero al
mismo tiempo hemos estado juntos, como amigos del alma, haciendo lo que
queríamos. Yo he estado yendo una semana al mes a su casa,
compartiéndolo todo con su familia", apunta el realizador.
Carlos
ha tenido tiempo de ver su película, de recibir el reconocimiento de
sus colegas médicos. "Intento no aferrarme a la vida. A veces me
despierto y digo: 'Coño, si estoy aquí'. Acto seguido te asalta la
duda. Lo más jodido de todo es la incertidumbre", comenta. No es un
hombre religioso. "¿Qué se va sentir en el momento del tránsito?, ¿Qué
pasará en el último microsegundo?", se pregunta. Y recuerda la historia
del abad que salió a dar un paseo y se quedó ensimismado por el canto
de un pájaro. Cuando volvió al convento, habían pasado 200 años.
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