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(Alfa y Omega)
El
sacerdote don Luis de Moya quedó tetrapléjico
a causa de un accidente. Desde entonces, ha luchado no sólo
por aliviar su situación, sino que también ha
trabajado para llevar, desde su experiencia, algo de esperanza
a muchos otros enfermos.
Hace
ya más de 15 años que usted sufrió el accidente.
¿Le costó mucho aceptar su situación?
Me costó,
es innegable. Pero no supuso para mí una hecatombe. Siempre
consideré que los valores importantes de mi vida permanecían
inalterables. Afianzado en ellos, se trataba de seguir adelante con
lo que todavía me quedaba, que era y es casi todo.
¿Pensó
alguna vez que esta vida no merecía la pena?
En absoluto,
porque los ideales no habían cambiado para mí: la dignidad
de hijo de Dios no se pierde aunque ya no se pueda caminar. Por lo
demás, mi destino en Dios, seguía corriendo de mi cuenta:
tenía todavía mucho por hacer. Intentarlo cada día
-www.fluvium.org- me
ha confirmado en que vale la pena seguir trabajando y que el trabajo
fructifica y reconforta. Los momentos duros, que los hay indudablemente,
también vienen acompañados de la seguridad indudable
de que Dios, Padre bueno y omnipotente, no permite que me sienta en
una situación insufrible.
¿Qué
se puede aprender de la enfermedad?
Que la limitación
y el sufrimiento vienen con el hombre mismo y que no hay que dramatizar,
como si fueran algo extraordinario y sobrehumano.
Muchos se preguntan
por qué permite Dios la enfermedad ...
No me parece
proporcionado hacerse esa pregunta, como si debiéramos entender
todo, como si nuestra inteligencia pudiera ser la medida de toda realidad.
No entender y ,sin embargo, no perder por ello la paz, me parece que
es lo razonable de quien se sabe criatura. La enfermedad es una escuela
permanente. Me parece que nos sitúa en nuestra justa realidad:
saber lo que verdaderamente somos y los que no somos, lo que podemos
y lo que no podemos, a qué tenemos derecho y a qué no,
considero que es una gran lección, pendiente hoy como nunca.
En países
como Holanda o Suiza, se está generalizando el "suicidio
asistido". ¿No cree que se corre el riesgo de ayudar
a suicidarse a personas que, lo que tienen en realidad es una terrible
depresión?
La relación
suicidio-depresión se estudia en psiquiatría. Todavía
recuerdo recuerdo aquella clase cuando estudiaba medicina. Y la depresión
es una enfermedad que tiene tratamiento médico, según
han recordado más de una vez los psiquiatras. Y, aunque tal
vez no sea así en todos los casos, sí lo es en la mayoría.
¿Qué
recomendaría al enfermo que quiere suicidarse?
Que no lo haga
y no se arrepentirá.
¿Y a
los familiares de un enfermo que abogan por acabar con su vida?
Este es el problema.
Porque las leyes no las hacen los enfermos. Además, es impensable
que se quiera morir una una persona que se sabe querida. Pero amar
-amar de verdad- es lo que más cuesta. Les diría,
por tanto, que quieran a sus enfermos. Que no regateen en gastos,
sobre todo humanos que pueden ser los más costosos.
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