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(La Gaceta de los Negocios, 22 de enero de 2007)
Ignacio Sánchez Cámara
CON el
mayor despliegue propagandístico, el más poderoso grupo mediático de España
vuelve a exhibir su campaña en favor de la legalización de la cooperación al
suicidio, o, si se prefiere, su apología de la muerte voluntaria y del asesinato
filantrópico. Al menos, el debate sobre la llamada eutanasia opera contra el
ocultamiento posmoderno de la muerte. En
una de sus acepciones esenciales, la filosofía es tendencia hacia
la muerte. Así
se recoge en el diálogo platónico Fedón: "Todos aquellos que se ocupan en debida
forma con la filosofía parecen, en efecto, ocultos como están ante los demás
hombres, no haber puesto sus miras en otra cosa, sino en sucumbir y en estar
muertos". Bien es verdad que se refiere a la búsqueda de la verdadera vida, de
la inmortal.
Es una forma precristiana del "muero porque no muero". Para
mentalidades laicas, acaso convenga recordar la tesis de Wittgenstein de que la
muerte no es un acontecimiento de la vida, y la idea de Spinoza de que en nada
piensa menos el hombre libre que en la muerte.
Respeto a quien desea morir (todo hombre es acreedor al respeto
por su mera condición personal), mas no veo nada heroico en su decisión. Mucho
más mérito me parece que tiene quien acepta el dolor y valora y dice siempre sí
a la vida. Nunca
sabremos el valor que puede llegar a tener nuestro sacrificio, ni el dolor que
nuestra muerte puede causar a otros. Lo que es absurdo e insufrible para uno
puede constituir para los demás un ejemplo o, incluso, su salvación. Es
equivocado considerar que la vida sólo es digna bajo ciertas condiciones. La
vida es un don que no se recibe a beneficio de inventario. ¿Es que, acaso, es
menos digna la vida de los enfermos incurables o terminales que deciden seguir
viviendo? Por lo demás, el de eutanasia es un pésimo término para designar lo
que pretende. No hay otra buena muerte que la que pone fin (para los creyentes
en la inmortalidad, un final sólo mundano o terreno) a una vida buena. Es grave
irresponsabilidad promover una decisión definitiva y mortal para quienes pueden
padecer un transitorio episodio depresivo. Se invoca la libertad.
Pero, ¿es imposible manipular la voluntad de quien sufre? ¿No
es irresponsable ofrecerle una salida fácil a quien no tendrá la oportunidad de
arrepentirse? Ni juzgo ni condeno a quien deja de desear vivir, pero eso no me
permite estimar que su decisión sea igualmente valiosa y heroica que la de
quien, en las mismas condiciones, quiere seguir viviendo. Nunca sabremos el
efecto que nuestro eventual heroísmo puede surtir en otros, ni llegaremos a
comprender cabalmente el efecto redentor del
sufrimiento.
Todo
lo anterior sería, a mi juicio, válido, aunque jurídicamente llegara a ser
despenalizada la llamada eutanasia. Ni siquiera lo prejuzga, pues no toda la
moral debe ser impuesta por el derecho. Ciertamente, tampoco se puede reducir la
moral a lo jurídico. Sin embargo, sería extraño el tránsito repentino de la
proscripción penal de una conducta a su recomendación como algo ejemplar. Al
menos, cabría postular un periodo intermedio en el que la conducta despenalizada
fuera estimada como moralmente no recomendable, aunque jurídicamente permitida.
Por lo demás, la legislación española, en el artículo 143 del Código penal,
castiga la inducción y la cooperación con actos necesarios al suicidio de una
persona. En cualquier caso, no parece adecuado hurtar un debate a la sociedad y
al poder legislativo, mediante la utilización de la vía de hecho y la impunidad
consumada. Quienes propugnen la legalización del asesinato filantrópico o de la
cooperación con el suicidio están legitimados, en una sociedad democrática, para
defender sus posiciones y emprender un debate jurídico en el que esgriman sus
argumentos, pero no lo están para vulnerar la ley ni forzar el triunfo de sus
posiciones mediante la vía de hecho. Esto sería una forma ilegítima y
antidemocrática de acción directa, que hurtaría algo esencial inherente a una
sociedad democrática: debatir, argumentar y convencer.
Una
última consideración. El poderoso grupo mediático ha hurtado a sus lectores, al
menos hasta ahora, un testimonio muy relevante, el del hijo de la suicida, que
ha denunciado a la Asociación en
favor del Derecho a morir dignamente por haber inducido la muerte de su madre y
cooperado con ella. En decisión tan íntima e irrevocable, han influido algunas
personas, incluida la presencia de una periodista, pero no ha podido intervenir
en ella nada menos que un hijo. La arbitrariedad de la voluntad no es criterio
moral, pero incluso quienes la erigen en norma suprema deberían considerar las
posibilidades de manipulación. No toda aparente decisión es libre. ¿Es seguro
que no habría podido influir en la decisión fatal una opinión contraria del
hijo? La opinión dominante cree que dos decisiones contrarias son igualmente
respetables, pero la mía es que no pueden ser igualmente valiosas. Por mi parte,
no creo que el suicidio sea una buena muerte.
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