(Aceprensa , 7 de enero de 2009)
Las propuestas de legalizar la eutanasia suelen apelar a la libertad del individuo, que debería decidir con autonomía sobre su muerte. Pero ¿hasta qué punto es real esa libertad en el enfermo? Y ¿cuáles serían las consecuencias de reconocer un derecho a morir exigible a la sociedad? Estas y otras cuestiones fueron estudiadas por una comisión de la Asamblea Nacional francesa, presidida por el diputado Jean Leonetti, encargada de evaluar la aplicación de la ley sobre los derechos de los enfermos terminales (1). Hemos seleccionado unos fragmentos del informe final (2).
Los que defienden la legalización de la eutanasia hacen basar en un
acto libre y voluntario la petición de ayuda para morir. Y esta
petición crearía un derecho: el derecho a morir, universal y real, que
es el que se reivindica. Pero si bien después de la Revolución Francesa
se ha entendido que cada uno puede disponer de su propia vida y que el
suicidio no debe ser objeto de una incriminación penal, la demanda del
reconocimiento de un derecho a morir es algo muy distinto: éste
compromete a la sociedad en cuanto el suicidio dejaría de ser un asunto
privado y pasaría a negociarse públicamente, apelando a reglas
tutelares de derechos que incluyen prestaciones ad hoc por parte del
poder público.
Pero ¿podría satisfacerse esta demanda a un nivel
tan general -lo que haría que este derecho no pudiera negarse a nadie-
cuando las debilidades y la complejidad de los motivos que están en la
base de una petición de muerte denotan más la impotencia y la
desesperación del individuo que el poder de elegir su destino?
¿De qué libertad hablamos?
Frente
al peso del infortunio o de la enfermedad; frente, asimismo, a las
consecuencias de las proezas técnicas que colocan a veces a los
enfermos en situaciones de dependencia extrema, el reconocimiento de un
derecho a morir vendría a ser el derecho a una libertad entendida como
autodeterminación. (...). "Esto remite -explica [el médico y genetista]
Axel Kahn- a la voluntad de controlar nuestro ser, nuestras decisiones,
de conservar nuestra libertad hasta la muerte. Con este espíritu ha
nacido el ideal de la última libertad: ser siempre dueños de nosotros
mismos, de nuestra muerte, y no abandonarnos a la voluntad de terceros".
Pero
un dominio semejante sobre nuestro destino no es posible más que bajo
unas condiciones tan excepcionales que podríamos preguntarnos, como
hace Kahn, si no se tratará más bien de una pura abstracción. En el
caso de una petición de eutanasia, "la vida y la muerte no se presentan
como dos opciones igualmente abiertas por el simple hecho de que la
vida no puede contemplarse como una solución al dilema. La muerte, en
realidad, se impone al ánimo del individuo, y éste, teniéndose por
libre, se precipita hacia la única salida que tiene por delante". "[La]
petición [de muerte] -prosigue Axel Kahn- emana siempre de una persona
para la que la vida se ha vuelto insoportable, y que estima que no
tiene otra opción que la de interrumpirla. Es exactamente lo contrario
de la libertad, y conviene, de una vez por todas, torcer el cuello a
esta idea según la cual la demanda de la eutanasia consistiría en una
de esas libertades gloriosas por las que estamos dispuestos a batirnos
porque constituyen un ideal de vida. En absoluto se trata de eso". (...)
Voluntad coaccionada
La
voluntad del enfermo que pide la muerte es engañosa. "De modo
subrepticio o implícito -explica el sociólogo Patrick Baudry-, en las
discusiones o en la construcción de imaginarios se usan palabras que se
presentan como si procedieran de una perfecta evidencia. ¿Quién podría
estar contra la idea de ser independiente, autónomo? Nadie. Pero ¿qué
hay detrás?". Detrás de esta afirmación de autonomía hay sobre todo la
voluntad de un individuo solitario, aislado y abandonado, cuyas
decisiones son más el efecto del desajuste de los vínculos sociales y
de la debilidad de la solidaridad que la realización de una aspiración
a una soberanía individual. El personal sanitario que ha participado
aquí en representación de varias asociaciones ha confirmado este
sentimiento de abandono en casi todos los pacientes que reclamaban
morir. (...)
Una petición de muerte no se formula jamás en los
términos ideales de una voluntad a la que no coacciona ningún factor
externo. Ésta se muestra, por el contrario, en tal situación, como la
más constreñida de las voluntades, a la que el abandono social ha
vuelto frágil hasta el punto de hacerla incapaz para oponer a la muerte
cualquier valor de la vida; o sobre la cual han pesado las
circunstancias de modo tan directo que la han anulado. (...)
Escuchada
por la comisión parlamentaria, Maryannick Pavageau ha testimoniado que
las personas enfermas, como ella, de SLI (Síndrome de Locked-in,
enclaustramiento), no formulan peticiones de muerte más que en momentos
de desesperación. Esta desesperación está "ligada a un fenómeno de
soledad"; soledad agravada, ha explicado Joël Pavageau, por el hecho de
que "estas personas se consideran a veces un estorbo para quienes las
rodean".
La enfermedad y la vejez son en efecto estados en los
que resulta muy marcada la capacidad de la voluntad para ser influida
por otros. Para las personas que se tienen por un estorbo para su
familia o para el personal médico que las cuida, el derecho a morir
corre el riesgo de ser interpretado como una obligación moral de
desaparecer.
El temor a ser una carga
"En
la vida real -recuerda [la filósofa] Suzanne Rameix- hay personas muy
frágiles que, en cualquier momento, podrían interiorizar el rechazo del
que son objeto. Habrá entonces demandas de ayuda al suicidio que no
serían en absoluto expresión de libertad, sino de presiones, directas
-el maltrato, por ejemplo- o indirectas -el sentimiento de que se es
una carga o la causa de muchos gastos, etc.-".
(...) La
Dra. Marie-Hélène Boucand, coordinadora médica en la Asociación
Francesa del Síndrome de Ehlers-Danlos, ha tenido ocasión de ilustrar
esta vulnerabilidad de los pacientes mostrando el efecto de arrastre
que tuvo la demanda de muerte formulada por Chantal Sébire sobre
Clara Blanc, joven de 31 años enferma, como la Dra. Boucand, de un
síndrome de Ehlers-Danlos. "La asociación ha señalado la repercusión
involuntaria, pero ciertamente real, de estas demandas de suicidio
asistido sobre los enfermos que sufren la misma enfermedad y que luchan
a diario para que la vida sea posible y buena: los enfermos anónimos
olvidados por la prensa que han escogido luchar por la vida, cualquiera
que sea su nivel de dependencia, de enfermedad o de limitación.
Desearía que en todos nuestros debates éticos pensásemos en ellos".
A
este debilitamiento de la voluntad de la persona corre el riesgo de
añadirse un debilitamiento de la determinación por parte de su entorno.
En efecto, una obligación "moral" semejante podría ganar igualmente, de
manera insidiosa, al cuerpo social. Según la Dra. Boucand, cuando el
sufrimiento experimentado por el enfermo pasa a desesperar a su entorno
o a la institución que lo tiene a cargo, "y el ‘no puedo más' se
convierte para todos en un ‘es insoportable', la única salida lógica
para la persona que sufre es, entonces, desaparecer. Es una elección
que podría incluso imponerse progresivamente al entorno y a la
sociedad, que, bajo el ambiguo argumento de la compasión, acabará
aceptando o proponiendo que se suprima a la persona para suprimir su
sufrimiento. Tentación que permitiría a todos no tener que ver más con
el sufrimiento y con los que sufren."
Estas distintas
llamadas de atención hechas en el curso de las declaraciones sobre la
profunda aflicción en la que está sumida la persona que enfrenta la
muerte, y sobre las fluctuaciones de su voluntad, hacen muy discutible
la redacción de directrices sobre el modelo de la legislación belga,
donde el enfermo podría pedir, de modo anticipado, que se le haga
objeto de la eutanasia si se dan ciertas condiciones. (...) Cualesquiera
que sean las circunstancias, pesará para siempre la sospecha de que
esta "ayuda a morir" no haya sido en realidad sino el asesinato de una
persona vulnerable.
La invencible finitud
Suzanne
Rameix, catedrática del departamento de ética médica de la Facultad de
Medicina de Créteil, ha subrayado la diferencia entre el rechazo de un
tratamiento por parte del enfermo y la petición de que se le suministre
una sustancia mortal. "En el primer caso, se trata del rechazo a que un
tercero haga algo sobre mí: en el segundo, se pide que un tercero haga
algo sobre mí. Esta última demanda no sería un derecho-libertad, sino
la exigencia de un derecho que me es debido". Al formularse de este
modo, el derecho a morir hace recaer sobre todos el deber de
proporcionar los medios necesarios para su realización.
Rameix
se pregunta por la coherencia entre la autonomía que reivindican los
que quieren ser los dueños de su propio final y los valores comunes que
estructuran una sociedad. ¿Qué queda de estos últimos si toda la
cuestión se resuelve en un problema de ejercicio de libertad individual
y de igualdad de derechos? "(...) La libertad es una autodeterminación
y deja de ser una autonomía: conserva la raíz ‘auto', que quiere decir
‘por sí mismo', pero no existe ya el ‘nomos', esto es, la ley, lo que
puede generalizarse, compartirse con los otros, universalizarse
incluso. La misma dignidad se transforma en objeto de evaluación y de
conveniencia personal".
En el caso de Diane Pretty, los jueces
del Tribunal Europeo de Derechos Humanos han juzgado asimismo sin
fundamento la tentativa de legitimación jurídica de semejante
relativismo negándose a admitir que el derecho a la vida pueda "crear
un derecho a la autodeterminación en el sentido de dar a todo individuo
el derecho a escoger la muerte antes que la vida".
De manera más
general, la reivindicación de la eutanasia parece ignorar singularmente
la temática contemporánea a propósito de la responsabilidad colectiva.
Como subraya Rameix: "Ahora es imposible pensar en el ejercicio de
libertades individuales sin tener en cuenta sus consecuencias para los
demás o para la naturaleza". ¿Cuáles serían para los otros las
consecuencias de la obligación de cometer un homicidio? El que reclama
el derecho a morir ¿habrá medido los efectos que su demanda seguirá
teniendo cuando él ya no esté? Es propio de la responsabilidad del
individuo no hacer abstracción de la vulnerabilidad de la sociedad que
quiere abandonar ni del futuro así debilitado de los seres de los que
se separa. (...)
¿Con esta demanda no se pondrá acaso de
manifiesto, de manera más profunda, una negación de las condiciones de
existencia de todo ser mortal? "Es necesario tomar conciencia -recuerda
la Sra. Rameix- de que el hombre no puede vencer la finitud; los
impedimentos, la muerte, la angustia existencial, el duelo, la vejez
pertenecen a la existencia humana. Salvo que se caiga en esa lógica de
dominio que nos conducirá a suprimir al discapacitado, a precipitar la
muerte, a gestionar el duelo, a preconizar la ‘vejez lograda', etc. No
hay que pedir a la medicina que produzca una forma de sobrehumanidad".
Creer que esto sea posible conduce de hecho a situaciones de la más
extrema angustia.
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NOTAS
(1) Cfr. "Francia: se aprueba la ley sobre el fin de la vida" (Aceprensa, 20-04-2005) y artículos relacionados en www.aceprensa.com.
(2) Texto completo en http://www.assemblee-nationale.fr/13/dossiers/mission_fin_vie.asp. Cfr. "Francia: Rechazada la legalización de la eutanasia" (Aceprensa, 9-12-2008) y resumen de una entrevista a Jean Leonetti en La Croix ("La búsqueda de sentido frente a la reivindicación de la eutanasia", www.aceprensa.com, 10-11-2008).
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