(elestadodelderecho.com , 3 de enero de 2008)
La bioética, en buena medida, depende de los comités. De hecho su
historia puede rastrearse en las diversas declaraciones de las
distintas comisiones, unas parlamentarias, otras ministeriales, algunas
directamente gubernamentales como la nueva española, que se han
sucedido a lo largo del tiempo. El efecto ha sido notado hace tiempo
por los más perspicaces, la bioética tiene muy poco de ética en el
sentido de limitación de poderes reales por razones axiológicas, y
mucho de acomodo, reelaboración de tópicos y justificación de las
acciones predeterminadas.
Podríamos considerar qué pensaríamos de una ética de los negocios que
hubiese determinado en declaraciones de nivel gubernamental qué tipo de
sobornos son aceptables y cuáles no, en qué casos debe aceptarse la
relación con empresas que utilicen el trabajo infantil y cuándo esto es
absolutamente intolerable. Algo semejante ha hecho la bioética a lo
largo de su breve historia, mucho de justificación y poco de crítica,
mucho "realismo" y, desde luego, nada de idealismo.
Como ideología justificadora la bioética alcanza su cenit en los
comités gubernamentales, no hay nada mejor que la centralización de la
conciencia tal como probó el precedente del Comité de Salud Pública. En
la sociedad contemporánea, sin embargo, la legitimidad de esa
declaración moral no puede justificarse desde la base estrictamente
gubernamental. De hecho, la habilidad de la bioética ha consistido en
revestir de base científica, de justificación plural, de "conciencia"
moral el discurso ético de los gobiernos. Recordemos, en este sentido,
el efecto que tuvo la innovación "bioética" del preembrión en las
posiciones del Parlamento británico sobre la investigación sobre seres
humanos en las primeras fases de su desarrollo.
Nuestra radical Ley de Investigación Biomédica culmina en estos días en
un comité no menos radical. El gobierno deja así predeterminada la
interpretación científica autorizada a tres meses de las elecciones
generales. Es su facultad y la ha ejercido con el rigor "pluralista" al
que nos tiene acostumbrados. De hecho, de su integrantes sólo uno ha
planteado objeciones éticas de peso a la máscara con la que se ha
recubierto el más firme de los utilitarismos. Parece que la pluralidad
ha sido convenientemente reinterpretada por el juego de la mayoría
política. Por supuesto, la jugada tiene sus inconvenientes, en cuanto
en la Nación de las trituradoras industriales en las clínicas de
interrupción del embarazo hay muchos que no pueden tragar ya las
justificaciones fabricadas ex-profeso para cada nuevo abuso. El
resultado es previsible, apoyo a la actual deriva radical, oposición si
las elecciones son contrarias a todo intento de enmendar la situación,
y todo ello con un voto discrepante. El Comité de bioética de España ha
llegado, démosle la bienvenida.
José Miguel Serrano Ruiz-Calderón