(Zenit, 25 de febrero de 2008)
Fragmentos del
discurso que dirigió Benedicto XVI este lunes al recibir en audiencia a los
participantes en el congreso sobre el tema «Junto al enfermo incurable y al
moribundo: orientaciones éticas y operativas», convocado por la Academia
Pontificia para la Vida con ocasión de su asamblea general, que
se celebra estos días en el Vaticano.
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Queridos hermanos y
hermanas:
Con alegría os
saludo a todos los que participáis en el congreso convocado por la Academia
Pontificia para la Vida sobre el tema «Junto al enfermo
incurable y al moribundo: orientaciones éticas y operativas». El Congreso se
celebra con motivo de la XIV Asamblea
General de la Academia, cuyos miembros también participan en
esta audiencia (...)
La simple
consideración de los títulos de las intervenciones en el congreso permite
percibir el amplio panorama de vuestra reflexión y el interés que reviste para
estos momentos, en particular en el mundo secularizado de hoy. Tratáis de
responder a los numerosos problemas planteados cada día por el incesante
progreso de las ciencias médicas, cuya actividad recibe cada vez más el apoyo de
instrumentos tecnológicos de elevado nivel (...)
(...) toda la
sociedad y en particular los sectores relacionados con la ciencia médica deben
expresar la solidaridad del amor, la salvaguardia y el respeto de la vida humana
en todos los momentos de su desarrollo terreno, sobre todo cuando padece una
enfermedad o se encuentra en su fase terminal.
Más en concreto, se
trata de asegurar a toda persona que lo necesite el apoyo necesario por medio de
terapias e intervenciones médicas adecuadas, administradas según los criterios
de la proporcionalidad médica, siempre teniendo en cuenta el deber moral de
suministrar (por parte del médico) y de acoger (por parte del paciente) aquellos
medios de preservación de la vida que, en la situación concreta, resulten
«ordinarios».
Por el contrario,
en lo que se refiere a las terapias consideradas arriesgadas o que puedan
juzgarse prudentemente como «extraordinarias», recurrir a ellas es moralmente
lícito, aunque facultativo. Además, es necesario asegurar siempre a cada persona
los cuidados necesarios y debidos, además del apoyo a las familias más probadas
por la enfermedad de uno de sus miembros, sobre todo si es grave o se prolonga.
Así como en el
derecho laboral normalmente se reconocen los derechos específicos de los
familiares en el momento de un nacimiento, del mismo modo y especialmente en
ciertas circunstancias deberían reconocerse unos derechos parecidos a los
familiares próximos en el momento de la enfermedad terminal de su allegado. Una
sociedad solidaria y humanitaria no puede dejar de tener en cuenta las difíciles
condiciones de las familias que, en ocasiones durante largos períodos, tienen
que cargar con el peso de la asistencia a domicilio de enfermos graves no
autosuficientes. Un mayor respeto de la vida humana individual pasa
inevitablemente por la solidaridad concreta de todos y cada uno, constituyendo
uno de los desafíos más urgentes de nuestro tiempo.
Como he recordado
en la
encíclica
Spe salvi, «la grandeza de la humanidad está
determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre.
Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad.
Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es
capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y
sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana» (n. 38).
En una sociedad
compleja, fuertemente influenciada por las dinámicas de la productividad y por
las exigencias de la economía, las personas frágiles y las familias más pobres
corren el riesgo, en los momentos dificultad económica y/o de enfermedad, de
quedar atropelladas. En las grandes ciudades hay cada vez más personas ancianas
y solas, incluso en los momentos de enfermedad grave y de cercanía a
la muerte. En
estas situaciones, se hacen agudas las presiones de la eutanasia, sobre todo
cuando se insinúa una visión utilitarista en relación con la persona.
Aprovecho esta oportunidad para recordar, una vez más, la firme
y constante condena ética de toda forma de eutanasia directa, según la enseñanza
tradicional de la Iglesia.
El esfuerzo,
uniendo sinergias, de la sociedad civil y de la comunidad de los creyentes debe
orientarse a que todos puedan no sólo vivir con dignidad y responsablemente,
sino también atravesar el momento de la prueba y de la muerte en la mejor
condición de fraternidad y solidaridad, incluso cuando la muerte se da en una
familia pobre o en el lecho de un hospital.
La Iglesia, con sus
instituciones ya establecidas y con nuevas iniciativas, está llamada a ofrecer
el testimonio de caridad operante, especialmente ante las situaciones críticas
de personas no autosuficientes y privadas de apoyos familiares, y ante los
enfermos graves que necesitan cuidados paliativos, así como una apropiada
asistencia religiosa. Por una parte, la movilización espiritual de las
comunidades parroquiales y diocesanas, y por otra, la creación o potenciación de
las estructuras dependientes de la Iglesia, podrán alentar y sensibilizar a todo
el ambiente social para que se ofrezca y testimonie solidaridad y caridad a todo
hombre que sufre, en particular quien se acerca al momento de la muerte.
La sociedad, por su
parte, debe asegurar el debido apoyo a las familias que quieren atender en casa,
durante largos períodos, a enfermos afligidos por patologías degenerativas
(tumorales o neurodegenerativas, etc.) o necesitados de una asistencia
particularmente comprometedora. De manera especial, se necesita el compromiso de
todas las fuerzas vivas y responsables de la sociedad con esas instituciones de
asistencia específica que necesitan un personal numeroso y especializado así
como equipos particularmente caros. Las sinergias entre la Iglesia y las
instituciones pueden ser especialmente importantes en estos campos para asegurar
la ayuda necesaria a la vida humana en el momento de la
fragilidad.
Deseando que en
este congreso internacional (...) se puedan encontrar nuevas propuestas para
aliviar la situación de quienes tiene que afrontar formas terminales de
enfermedad, os exhorto a continuar con vuestro benemérito compromiso al servicio
de la vida en cada una de sus fases.