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Ramona y Sampedro en los platós PDF Imprimir E-mail
(La Gaceta de los Negocios, 13 de enero de 2005 - José Miguel Serrano Ruiz-Calderón). Se ha publicado recientemente que algún día habrá que comenzar a hablar de eutanasia en nuestra nación. Por irónica que parezca la afirmación, en este caso era más bien cínica, tiene su punto de sentido. Hasta ahora, entre nosotros, siempre hemos hablado de una sola eutanasia, la de Ramón Sampedro, y desde un  punto de vista.

En efecto, parece como si sólo los que quisiesen hacer una descripción perfecta, angélica, de los procedimientos y razones de este homicidio  hubiesen tenido acceso a los medios.

Y así antes de la muerte de Ramón este no era un depresivo, sino un filósofo; los ideólogos que favorecieron su muerte pero no aliviaban su vida, con una simple silla de esas que vemos en tantos tetrapléjicos, eran altruistas y no manipuladores de una muerte por una ?causa?; quienes describieron el acontecimiento trucando los sentimientos, encubriendo las dudas, llevando su arte cinematográfico a la defensa caricaturizada de la muerte, no son demagogos sino descubridores de la verdad; y el homicidio sólo es amoroso aún cuando se muestre por los platós en un nuevo rostro dispuesto a ser devorado por la prensa de las vísceras, justo entre el hijo secreto y el definitivo adulterio pactado.

Si la demanda social es tan grande y el clamor tan inequívoco sorprende que la revelación tenga que ser siempre sobre el mismo muerto exprimido hasta la náusea. No extraña en cambio que dos artículos en el  periódico de referencia del Gobierno precedan a la ?revelación?, realizada por Ramona Maneiro de que fue ella quién mato a Ramón Sampedro. Dato que sorprendentemente no pudo probar la juez que archivó el caso.

La realidad, sin embargo, supera a la ficción. Los manipuladores observan cómo el asunto se les escapa de las manos cuando el mar y los abrazos altruistas, las escenas incongruentes del futuro esperanzador que se niega en el propio homicidio se cambian por la ?exclusiva? y la querella de los familiares indignados.

Para describir estos últimos acontecimientos, los de la exclusiva del crimen, no hubiera hecho falta un Amenábar, tramposo desde el inicio al final de la historia, sino un Berlanga que pusiese un mínimo de caridad en las miserias que sospechábamos y que se han revelado. O quizás cualquiera que pudiese describir cómo se orquestan las campañas, cómo la ideología aplasta al hombre, cómo un accidentado fue una excusa para eliminar a otros accidentados.

Mientras, nuestra Ministra de Sanidad ataca a la Iglesia, a quien acusa de estar alarmando, sobre todo a los mayores, es decir, a los primeros  candidatos a la liberación que prometen nuestros ideólogos. Sorprende tanta indignación pues si el Gobierno no tiene pensada ninguna iniciativa legislativa para facilitar la eutanasia, las afirmaciones de la Iglesia apoyarían el actual código y no serían sino una muestra de responsabilidad cívica que debería ser bien acogida por el propio ejecutivo, como cuando se critica el terrorismo o el tráfico de drogas.

Si, por otra parte, como se nos refiere por los iniciadores de la actual campaña ?laica?, se trata de hablar de eutanasia, debería aceptarse  que todos expusiesen su opinión, incluso quienes no están en la línea de la imposición del homicidio consentido.

La actitud excesiva de la ministra nos hace sospechar que el único tipo de conversación que se desea es la de los sentimientos manipulados, las ideas preconcebidas y las descripciones amañadas. Una especie de cineforum perpetuo de dirección ministerial, tal como fue, por cierto, el estreno. Habría que dejar fuera  de la discusión, en cambio, las intenciones, los intereses y los riesgos. Aunque estos últimos consistan en la posibilidad misma de muertes manipuladas.

Un artículo reciente decía que desde  la aplicación de la nueva normativa holandesa sobre eutanasia no se habían observado infracciones. Esta es la ley que se quiere, tan supuestamente ideal que no permita ni observar una infracción.

No es difícil entender el motivo: la norma no busca prevenir los abusos, sino garantizar los procedimientos para evitar consecuencias desagradables a quienes practican la nueva panacea liberadora.

 
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