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Martes, 20 Agosto 2019
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Sampedro, un caso modélico PDF Imprimir E-mail

(La Razón, 14 de enero de 2005). Cristina LÓPEZ SCHLICHTING
La aparición de Ramona Maneiro en Telecinco y su confesión sobre la muerte de Ramón Sampedro constituyen la guinda de oro de un proceso de propaganda que se debería estudiar en las facultades de publicidad. 

La receta es de libro: se coge un caso humano extremo o que parezca extremo (porque ninguna persona normal permanece treinta años en una habitación, sea o no tetrapléjica, y máxime cuando podía usar una silla de ruedas motorizada, como Sampedro); se suscita un debate público sobre el tema elegido presentando el caso ante los tribunales y, de paso, en las televisiones. Se mantiene vivo mediáticamente hasta que la vía judicial se agota. Se convence al protagonista de que, perdida la batalla legal, sólo queda recurrir a la fuerza «dando la vida por la causa»; se graba el suicidio y se difunde en los medios. Se espera después al cambio de Gobierno adecuado y se aprovecha para que el presidente y sus ministros vayan al estreno de una película sobre el tema, casualmente producida por Sogecine, empresa de Jesús de Polanco. La aparición de Ramona Maneiro en los medios sólo es el comienzo de la larga carrera profesional de conferenciante y «showgirl» al servicio martirial de la causa del derecho humano a morir dignamente. Ella ?ya lo ha dicho? no es «ni una samaritana ni una Madre Teresa», es una luchadora por los derechos humanos que proporcionó cianuro a Ramón Sampedro porque lo amaba. Detrás de todo el montaje descrito está la asociación «Derecho a una muerte digna», que entre otras cosas da la pista del veneno empleado, el mismo que la asociación hermana holandesa emplea en la eutanasia: el cianuro. Los que vemos las cosas desde las técnicas de comunicación reconocemos en el caso Sampedro una obra maestra, que incluyó la utilización de un hombre derrotado, sin ideales para seguir viviendo, que encontró en la eutanasia una causa existencial y llegó a dar la vida por ella. Por eso se explica que su cuñada, Manuela Sanlés, que lo cuidó treinta años (recordemos que Ramona lo trató dos meses) haya declarado en mi programa de COPE: «Si la eutanasia se hubiese aprobado, Ramón seguiría vivo... Él pensaba en la eutanasia por si algún día se encontraba muy mal, solo y abandonado, sin poder valerse..., pero no le hubiese gustado morir como murió». Al menos ahora sabemos cómo murió: en una estremecedora y dolorosa agonía, babeante y convulsa, de media hora de duración. Ramona Maneiro se salió de la habitación porque no podía soportarlo. Queda en el aire la pregunta de Manuela Sanlés, que lo quería como un hijo y dio la vida por él durante tres décadas: «Dice que lo ha matado por amor ¿si su hijo se lo pidiese, usted lo mataría?»
 
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