Fragmento del artículo Un nuevo camino de servidumbre (Carta a un amigo centrista liberal) publicado en Nueva Revista, 97, Enero-Febrero 2005, Págs. 24-34. por Eugenio Nasarre, Diputado por Madrid.

LA LEGALIZACIÓN DE LA EUTANASIA

La legalización de la eutanasia está en el horizonte de nuestras sociedades. Algunas ya la han adoptado. En la nuestra se abre paso con fuerza. Parece que es una dinámica irresistible. Parece que oponerse a ella es una batalla perdida. Y, por ello, se nos aconseja acomodación a los nuevos tiempos. Probablemente, estableciendo cautelas, tasando los supuestos admitidos. Algunos hoy ya se nos presentan como muy aceptables. El planteamiento de defensa de la eutanasia, como sabemos, es doble. Por una parte, cada persona tiene que tener reconocido el derecho a hacer de su vida lo que le plazca, con tal que no dañe directamente a terceros, y ello incluye acabar con ella cuando quiera, incluso con la ayuda de otro. Por otra parte, se nos dice que hay situaciones vitales que no merecen ser vividas. Por compasión y también en atención a los intereses de la sociedad es aceptable eliminar esas vidas. Siempre con cautelas, con «garantías» para no extralimitarse.
El escenario al que llegaríamos con la legalización de la eutanasia, tras una serie de pasos sucesivos y rápidos, una vez que se hubiera dado el primero, es el de una sociedad dominada por un nuevo terror. El terror de llegar a unas condiciones en las que el mantenimiento de la propia vida ya no sería aceptable para la sociedad misma. A1 miedo natural a la muerte natural se añadiría un nuevo terror a la muerte provocada por razones sociales. Sinceramente digo que esta sociedad no responde a lo que yo entiendo por un «orden de libertad» y, por supuesto, al vaciamiento del concepto de dignidad humana. Los que ahora llamamos discapacitados, si su discapacidad fuese grave e irreversible, estarían en riesgo permanente de ser eliminados. Bueno, no quiero entretenerte más ahora en la descripción de lo que a mí me parecen consecuencias catastróficas, si abrimos paso, aunque sea suavemente, al principio de la admisión legal y social de la eutanasia.
¿Debemos mantener una posición firme y clara contra la eutanasia? ¿O debemos, también, buscar fórmulas para atenuar los efectos que nos parecen más perniciosos? ¿No podemos llegar a la conclusión de que la batalla está, también aquí, perdida? ¿No debemos callar y otorgar? Pero ¿defendemos así una sociedad libre y la dignidad humana?