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Que no me maten PDF Imprimir E-mail

(La Razón, 12 de Noviembre de 2004 - Cristina Lopez Schlichting). Hay dos frases que definen la postura «moderna» sobre la eutanasia: «Yo pido la eutanasia para mí y no se la impongo a nadie» y «Mi vida es mía y hago con ella lo que quiero». No es que esté o no de acuerdo con ellas, es que no les encuentro sentido.

Si el hombre viviese solo, en una isla desierta, sin comunicarse, serían verdaderas, pero el ser humano es social. Influye en los demás y los demás influyen en él. La psiquiatría moderna, desde Freud, ha probado que la personalidad, las actitudes, y hasta el estado de ánimo son fruto en buena parte del entorno. Cuando determinada persona pide la eutanasia, no sólo da ejemplo, crea precedente e impulsa un debate, sino que, previamente, su decisión está anclada en la experiencia de vida que tiene por lo que le rodea.

Justo esto es lo que ha pretendido desmontar la película «Mar Adentro». Según el film, Ramón Sampedro era feliz y querido, estaba sano psíquicamente y no tenía por qué morirse: si eligió matarse fue en el soberano uso de su libertad. No me lo creo. Ni tampoco los hermanos de Sampedro: «Sin ciertas presiones -han dicho- Ramón seguiría con nosotros». El tetrapléjico gallego se convirtió, en efecto, en el conejillo de indias de la Asociación para una Muerte Digna. No fue a solas a la muerte, ésta es la gran mentira, estuvo flanqueado, acompañado y empujado por quienes le explicaron que su deseo de morir era excelso, que representaba un ideal social de libertad, que constituía el epicentro de una campaña de liberación. Ramón murió mártir de una causa, convencido no sólo de que se hacía un bien a sí mismo, sino que hacía bien a los demás, a la humanidad.

«Yo pido la eutanasia para mí y no se la impongo a nadie» es una frase falsa. La muerte de Sampedro ha tenido tremendas consecuencias: primero, el avivamiento del debate y la campaña a favor de la eutanasia; segundo, el daño a los lesionados medulares, que han vuelto a ser mirados como carne de segunda; tercero, la penetración en el subconsciente colectivo del perverso principio de que es «normal» matarse si uno así lo desea. No hay nada normal en el deseo de la muerte, del ?tánatos?: es más, prestigiosos psiquiatras, muchos de ellos agnósticos, como el doctor Francisco Alonso Fernández, presidente de la Asociación Europea de Psiquiatría Social, lo consideran un síntoma de enfermedad mental, de depresión la mayor parte de las veces. Las plantas, los animales y los hombres luchan por vivir, por simples razones estructurales. Los fetos se agarran desesperadamente a la vida, incluso cuando ya no son viables. Los recién nacidos, también. Los enfermos, ni les cuento. Si acaso lo que repugna es el dolor, pero para el dolor hay cuidados paliativos y morfina, mucha morfina, toda la que haga falta.

Desear morirse es un contradiós que demasiadas veces tiene que ver con la falta de un cariño que apueste por tu vida más allá de tus propias fuerzas. Si me veo en ésas, si me ven pidiendo la muerte, por favor, ayúdenme a vivir.

 
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