(ABC, 18 de abril de 2005). Artículo de Juan Campos Calvo-Sotelo, Psicoterapeuta y escritor, sobre la película Ich Klage An (Yo acuso).

A primera vista produciría sorpresa e indignación sugerir que Mar Adentro es una película nazi. Lo diré a la inversa entonces: hubo una película de propaganda nazi a favor de la eutanasia inquietantemente similar en tema, tono y mensaje, incluso en éxito popular, a Mar Adentro.

La película es Ich Klage An (Yo acuso) y se estrenó en Alemania en 1941. La policía secreta, la Gestapo, informó con satisfacción de la atención que recibió del público alemán. Su director se llamaba Wolfgang Liebeneiner. El guión estaba basado en la novela Sendung und Gewissen (Misión y Conciencia. 1936), del oftalmólogo Helmut Unger. El ministro de Sanidad nazi Gerhard Wagner ordenó trasladar al cine la novela. La novela y la película no contienen vestigio alguno de las teorías de higiene racial que habían preparado el terreno intelectual al advenimiento del nazismo al poder. Presentan solamente un argumento humanitario sobre la muerte digna y voluntaria, al igual que hace Mar Adentro, dirigido a la población aria en general -y no a los judíos ni a los discapacitados o enfermos mentales que los nazis llamaban «inútiles que comen», y que iban a ser las víctimas del programa de eutanasia e higiene racial.

Hanna, una joven y hermosa alemana aria de clase media alta, sufre de esclerosis múltiple. Le suplica a su marido, Thomas Heyt, director del Instituto Anatómico de Munich, que la ayude a morir. «En este momento no siento que vaya a morir, pero no quiero morir más tarde con mi cuerpo reducido a poco más que una piltrafa. Por favor, prométeme que me ayudarás antes de que llegue ese momento», Antes Hanna le ha expresado el mismo deseo a su médico y amigo de la familia, Bernhard Lang. Pero Lang, provisionalmente fiel al juramento hipocrático, se niega a colaborar: «Soy tu mejor amigo, pero también soy médico, y como tal el sirviente de la vida. La vida se debe preservar a cualquier coste».

Ante este rechazo Hanna insiste ante Thomas, su marido: «Tienes que ayudarme. Quiero seguir siendo tu Hanna hasta el final, no quiero convertirme en otra que sea sorda, ciega e idiota. No lo soportaría. Thomas, si de verdad me quieres, prométeme que me librarás de eso de antemano».

Su condición se deteriora rápidamente y todos saben que le quedan semanas de vida La escena crucial tiene lugar cuando Hanna ruega al médico que abandone la habitación para quedarse a solas con su marido. El médico obedece y se sienta en una habitación contigua a tocar una conmovedora melodía al piano. Sus ecos llegan hasta el dormitorio mientras Thomas vierte una dosis letal de un sedante en el vaso de Hanna. Antes de morir Hanna susurra: «Me siento tan feliz, desearía estar muerta». «La muerte está llegando, Hanna» ?responde Thomas. Y ella muere mientras ambos se declaran por última vez su amor.

Significativamente es la criada, Bertha, con su primario y retrógrado respeto por la vida, quien denuncia al marido. Como es el primario y retrógrado hermano de Ramón Sampedro en Mar Adentro quien más protesta contra su deseo de matarse.

Bernhard, el médico, se indigna con Thomas en un primer momento, al saber lo que ha hecho, pero al llegar la fecha del juicio su pensamiento ha experimentado un vuelco. Allí defiende como testigo la decisión de su amigo. Finalmente Thomas, como Ramón Sampedro, increpa al espectador y acusa (¡Yo acuso!) a jueces y doctores de que por su rígida adhesión a normas morales dejan de servir a la gente: «Juzgadme! ¡Sea cual sea el veredicto, vuestro juicio será una señal para todos los que están en una situación como la mía! Sí, yo confieso: maté a mi mujer incurablemente enferma, pero fue a petición suya». (Diálogos traducidos del artículo de J. A. Emerson Vermaat en «Ethics and Medicine. Vol. 18,1»).

En el juicio de Nuremberg, Karl Brandt, médico personal de Hitler y director del programa de Eutanasia, arguyó que el motivo subyacente del programa era el deseo de ayudar a aquellos que no podían ayudarse a sí mismos y se veían así forzados a prolongar sus vidas de sufrimiento. Un argumento idéntico a los que esgrime el protagonista de Mar Adentro.

Entre la aparición de la novela de Unger en 1936 y el estreno de Ich Klage An en 1941 ya se había puesto en marcha el programa de eutanasia de forma secreta. Pero la película buscaba su legalización oficial con la aprobación mayoritaria de la población alemana. Y hay que subrayar que esta aceptación estaba también muy extendida en otros países. En Estados Unidos, por ejemplo, una encuesta Gallup de los años treinta mostraba que un 45 por ciento de la población justificaba la eliminación de bebés nacidos con malformaciones. Durante el programa nazi, las categorías de personas a las que se aplicó la eutanasia se fueron ampliando en sucesivos círculos concéntricos: los bebés discapacitados primero, después los enfermos mentales, los discapacitados adultos, los enfermos terminales, los incurables, los ancianos con demencia senil hasta llegar a los grupos considerados lacras y plagas sociales, corno judíos, homosexuales, gitanos y disidentes políticos. Antes de llegar a las cifras de millones de judíos gaseados los nazis asesinaron varias decenas de miles de seres humanos con el pretexto humanitario de que sus vidas no merecían la pena de ser vividas.

Es revelador recalcar que la oposición a estas prácticas apenas si vino de la profesión médica, esa iglesia secular y científica, que colaboró activamente con la jerarquía nazi e incluso le suministró la cobertura ideológica cientifista necesaria. Las voces críticas se limitaron a algunos pastores evangélicos en privado y a obispos católicos en público, las críticas más temidas por Hitler. El más enérgico en sus denuncias fue el obispo de Münster Clemens August Graf von Galen. El 3 de agosto de 1941 predicó con furor en la iglesia de San Lamberto contra «esa terrible teoría que quiere justificar el asesinato de inocentes... cuando uno sostiene y practica el principio de que los seres humanos improductivos pueden ser matados, ¡ay de nosotros cuando seamos viejos y débiles!»

Hitler se enfureció ante esta protesta, especialmente por haber sido formulada en público. El obispo Von Galen fue deportado al campo de Sachsenhausen, al que sobrevivió. Falleció en 1946, tras haber sido consagrado cardenal por Pío XII. Es curioso que se examine con lupa la ambigua actitud de la Iglesia hacia el nazismo mientras se pasa un tupido velo por la estridente colaboración de la profesión científica médica con sus prácticas más inhumanas.

La presente admiración por una película tan semejante a Ich Klage An como es Mar Adentro, unida a la creciente tolerancia hacia el aborto y hacia el asesinato de recién nacidos con malformaciones o de pacientes en coma en países como Holanda, Inglaterra y Estados Unidos debería ser una advertencia de que el Holocausto no fue un fenómeno tan incomprensible y alejado de nuestros valores como se nos quiere hacer creer.