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Tierra adentro PDF Imprimir E-mail

(La Vanguardia, 25 de abril de 2005). "Vaya mi admiración a mis amigos tetrapléjicos que, agarrando el toro por los cuernos, escogieron amar, reír, llorar, gozar, sufrir y trabajar". Por Manuel Aznar, miembro correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

Han pasado bajo mi ventana los participantes en el maratón de Roma. Delante de los primeros corredores, circulaban como centellas las personas con discapacidad en sus vehículos, braceando frenéticamente y guardando en forma milagrosa el equilibrio sobre los baches incontables de los sampietrini romanos. Competían en busca de un triunfo que no tendrá eco alguno en los medios de comunicación y cuya recompensa será la satisfacción de haber llegado a la meta. Ante el espectáculo, me ha venido a la cabeza  el contraste de esta demostración de vitalidad con la actitud negativa que narra ?y que, a la postre, promociona sutilmente? Mar adentro, la flamante vencedora del pasado Oscar.

La concesión de este prestigioso galardón al largometraje de marras es, sin duda, una excelente noticia para el cine español, por lo que es obligado unirse a la felicitación por tal motivo. Me parece, en cambio, que Amenábar ha hecho un flaco favor a la causa de las personas con discapacidad y, en concreto, a los tetrapléjicos.

No pretendo desconocer las cualidades técnicas de la película, que sin duda las tiene. Tampoco es mi propósito razonar sobre la decisión del protagonista de la historia real en que el largometraje se basa. En efecto, aunque pienso que, estando en su lugar, mi decisión hubiera sido otra, para afirmarlo me muevo en la pura teoría, pues no estoy en la situación de Ramón Sampedro, así que no me parece oportuno caer en la fácil tentación de discutir las razones que le impulsaron a optar por el camino del suicidio asistido. En cambio, sí que me parece necesario realizar algunas consideraciones sobre las consecuencias negativas que el filme en cuestión podría tener sobre la lucha de las personas con discapacidad por la mejora de su calidad de vida y por el respeto de su dignidad.

Si mi entendimiento es correcto, la filosofía que subyace en la historia narrada en Mar adentro consiste, en esencia, en considerar que la vida con tetraplejia, por las limitaciones que comporta, es incompatible con la dignidad. Como la curación es imposible y la rehabilitación y los medios técnicos puestos a disposición de los afectados no son suficientes para facilitar una vida digna, la única salida para recuperar la dignidad es la muerte. Más sencillamente: con una tetraplejia no merece la pena vivir. Pues bien, en lo que se me alcanza, esta filosofía contrasta radicalmente con la que mantiene el conjunto de las personas con discapacidad física en general y con tetraplejia en particular, las cuales han optado por la vida, han aprovechado al máximo las posibilidades que les brinda la técnica para compensar sus limitaciones funcionales y en modo alguno consideran que su situación sea incompatible con la dignidad inherente al ser humano. Puedo así afirmarlo porque no sólo he sido testigo privilegiado de la lucha de estas personas por obtener el reconocimiento de sus derechos, sino que me he involucrado profesionalmente en el asunto y continúo en la brecha para ayudar, dentro de mis posibilidades, a ensanchar las perspectivas abiertas hace un par de décadas.

Para ilustrar la opción de las personas con tetraplejia por la vida, relataré una anécdota. Hace unos meses, otorgaron a un amigo tetrapléjico una condecoración. Por un macabro error la medalla apareció en el BOE concedida a título póstumo, cuando es lo cierto que el condecorado estaba lozano y rozagante. Pues bien, soy testigo de la indignación del interesado por su muerte, erróneamente decretada en el diario oficial. Añado que la corrección de erratas apareció apresuradamente publicada el día siguiente, lo que no ahorró al afectado ser objeto de las chirigotas de rigor durante las veinticuatro horas que transcurrieron hasta su resurrección oficial.

Al poner el acento en una visión negativa de la discapacidad, Mar adentro ofrece una visión distorsionada de la realidad de las personas con tetraplejia A esta distorsión ayuda el tratamiento sesgado que hace el largometraje de quienes tienen una postura diferente, mediante la caricaturización de alguno de sus personajes. Y aquí radica precisamente el problema, puesto que la película puede inducir a las gentes no avisadas a convertir en categoría lo que es un caso aislado. Con cierto gracejo, me lo decía otro amigo tetrapléjico: ?Desde que han proyectado Mar adentro, la gente me ve con cara de cadáver?.

Está lejos de mi intención poner en tela de juicio el derecho de Amenábar a hacer la película que le pete, pero lo cierto es que cabe preguntar por qué elegir una historia de muerte cuando existen tantas y tantas historias de vida entre las personas con tetraplejia. Acaso sea porque lo positivo no tiene salida comercial, pero entonces habrá que plantearse en qué extraña sociedad estamos instalados.

Vaya, por tanto, mi homenaje a los olvidados por Amenábar. Vaya mi admiración a mis amigos tetrapléjicos, que nunca verán reflejada su historia en un largometraje, porque, en vez de evadirse mar adentro, prefirieron recorrer, tierra adentro, su aventura vital y, agarrando el toro por los cuernos, escogieron amar, reír, llorar, gozar, sufrir, trabajar y divertirse, como los demás mortales y sin perder un ápice de su dignidad.

Y hablando de dignidad, la casualidad hace que, en trance de finalizar, Stephen Hawking aparezca en la pantalla televisiva hablando, a través de su sintetizador de voz, sobre complejas teorías del cosmos. No me consta que la historia del científico inglés haya interesado a los cineastas, pero ante su ejemplo me parece que sobra toda clase de comentarios.

 
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