(Enfoque, Diciembre de 2004). Publicamos un artículo de la revista universitaria Enfoque, que repasa los principales argumentos que se suelen invocar a favor de la eutanasia.

Una de las supersticiones modernas es creer que basta  hacer una ley para zanjar un problema. Pero ¿es la eutanasia la única solución al dolor y sufrimiento en los momentos finales de la vida? Y, más aún ¿es un tipo de solución o más bien es la eliminación del problema a través de la desaparición por parte del que lo sufre? A menudo, la legalización de la Eutanasia se presenta como la receta mágica para solucionar el fin de la vida en una sociedad moderna y envejecida.

Pocas son las cosas seguras en este mundo. Que algún día moriremos es una de ellas. Alejandro Amenábar en una declaración decía: ?Tenía la capacidad de convertir la muerte en algo natural?. Pero, ¿no es la muerte algo ya natural?

Lo que es y lo que no es
Muchos de los tópicos pro-eutanásicos tal y como se presentan ante la opinión pública son falsos y manipuladores:
La eutanasia suele presentarse como un acto compasivo, como una ayuda a morir con dignidad. Los defensores de la legalización de la Eutanasia tienden a pensar que la muerte digna tiene que ver con inyecciones y sustancias letales. Se les presenta la ?calidad de vida? como lo determinante de la dignidad humana y llegan a la conclusión de que hay muchas vidas que no merecen ser vividas. Este es un concepto muy vago ya que el tener dignidad no viene determinado por la salud, buenas condiciones económicas, buena posición social..., sino que es intrínseco a todos los hombres. Por tanto, tienen igual dignidad un banquero de Wall Street que un niño del Congo.

La muerte digna es la muerte con todos los alivios médicos adecuados y los consuelos humanos posibles. Algunos pretenden identificarla con la muerte a petición, provocada por el médico, cuando la vida ya no puede ofrecer un mínimo de confort que sería prescindible. Pero ¿qué es más digno? ¿Dar todas las oportunidades a la vida o dejar que te maten?

Mar adentro
Es obligada la mención del caso de Ramón Sampedro. Ciertamente, conmovía su deseo de morir y su sufrimiento. Pero el señor Sampedro no es representativo de tantos tetrapléjicos que luchan por la vida cada día con un coraje impresionante. La eutanasia, por desgracia, es uno de aquellos fenómenos que empieza siendo excepción y acaba trivializándose. Cuando empieza a introducirse en la sociedad, tiende a multiplicarse y no se detiene, convirtiéndose en una alternativa normal. No hay más que fijarse en el crecimiento evolutivo que se ha dado en l3elgica y Holanda desde su aprobación. Es lo que se denomina en Sociología Jurídica ?Efecto macedonio?: Tendencia que tiene todo legislador a extraer una regla general de un caso completamente excepcional o marginal.

Gilbert Dessfosses, presidente de la sociedad francesa de Acompañamiento y cuidados paliativos, decía ante los medios de comunicación: ?Si se abriera esta brecha, no dejaría de ampliarse y haría insostenible el compromiso de profesionales y voluntarios, que se funda en el pacto de que en los cuidados está prohibido matar?.
?Mi vida es mía y hago con ella lo que quiero?
Lo cierto es que, por lo menos hasta la fecha, tanto la legislación como la jurisprudencia españolas acertadamente han venido entendiendo que la vida es un bien jurídico irrenunciable para su titular, como lo es también la libertad, de modo que, por ejemplo, una decisión completamente libre de renunciar a ella convirtiéndose en esclavo de otro no sería válida en absoluto. Tampoco la igual dad o la educación son negociables.

Porque vida, libertad, igualdad, educación, etc., no sólo se refieren a las personas en concreto sino también a cómo se organiza toda la sociedad en su conjunto.

A menudo se presenta como la decisión libre del paciente. Puede acontecer que el enfermo vea su derecho a morir como un deber. Si se legalizara este sistema de homicidio consentido, el enfermo terminal podría ver la eutanasia como una solución altruista para con sus familiares. Muchos enfermos podrían verse presionados socialmente pidiéndola sin ser una verdadera expresión de la voluntad libre del paciente, sino fruto de unos factores externos contrarios a su querer.
La eutanasia no es una cuestión que atañe sólo a los afectados. La prohibición tiene sus fines sociales: proteger a todos los enfermos de la sociedad; proteger la integridad moral de la profesión médica; proteger a las personas vulnerables a los abusos, negligencias, errores y evitar la derivación hacia formas de eutanasia no solicitadas. Legalizarla es una declaración de derrota social. Vendría a decir que, como no podemos ayudarnos mutuamente, como cada uno va a lo suyo y no dedica su tiempo a los demás, el Estado se encarga, pero no cubriendo esta carencia de atención, sino ahorrándose la solución del problema con una inyección letal.

El dolor
El dolor es la sensación fisiológica desagradable que percibimos, y cuya misión es indicarnos que algo no va bien. Cumple una función muy importante en nuestro organismo, Si el problema es el dolor, la medicina hoy cuenta con medios para controlarlo. Los avances en la medicina paliativa son enormes. Pueden proporcionar al enfermo terminal los alivios necesarios para su dolor hasta el momento de su muerte.

Sentimiento de inutilidad
La atención y asistencia a los enfermos crónicos mayores e incurables cuesta dinero al Estado, a las comunidades autónomas y en definitiva, al ciudadano. Es en esta situación donde se tiene que palpar con más fuerza esa respuesta del Estado al enfermo incurable, cuando es éste el que no puede dar nada a cambio. Esa inversión humaniza y dignifica al paciente. Se muestra el auténtico amor, el desinteresado, a estás personas con el apoyo de los demás en su desgraciada situación, que sigue siendo humana y, por tanto, digna.

Depresión o motivos familiares
Según un estudio realizado por el Colegio Oficial de Médicos de Barcelona, un 60 por ciento de los enfermos terminales están deprimidos, de los cuales un 25 por ciento están muy deprimidos. Así pues, su prevalencia no es nada despreciable y debemos tenerla muy en cuenta, ya que este trastorno psiquiátrico haría desaparecer la supuesta autonomía del enfermo para pedir la eutanasia si se legalizara. Hay muchas familias que cuidan y atienden muy bien a sus enfermos, pero cada vez hay más, sobre todo en el periodo de vacaciones, que declinan esta responsabilidad sobre el personal clínico.

?Una trampa bien montada?
Es preferible que con el dolor acabe la medicina paliativa, aunque ello sea más caro para las arcas públicas, que un sistema organizado de homicidios por enfermedad a la holandesa sea implantado en nuestra sociedad. Nadie duda de que la atención y asistencia a los enfermos crónicos, mayores e incurables, cueste dinero, pero esa inversión humaniza y dignifica al paciente. La eutanasia, por el contrario, es una estratagema para ahorrar costes con la excusa de una compasión mal entendida.

La solución debería estar en un mayor apoyo financiero en este campo. También un apoyo humano que ofrezca un cariño, cuidado y respeto a estos enfermos por parte de sus familiares. Así, optando por la vida hasta el final, les ayudamos a afrontar esos últimos momentos, que, al lado de gente querida, no se hacen tan duros como para que se llegue a una decisión de querer que alguien le provoque una muerte anticipada.