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Eutanasia, ¿muerte digna? PDF Imprimir E-mail
(Alfa y Omega, 11 de noviembre de 2004). Artículo de Enrique Bonete, profesor de Filosofía Moral de la Universidad de Salamanca, ofreciendo un esbozo conceptual para clarificar en qué radica la dignidad del morir humano.

Bien es cierto que introducirse en el problema moral de la eutanasia es tropezar con un nudo intelectual y práctico que se resiste a ser desatado. En primer lugar, por la dificultad de saber exactamente de qué estamos hablando cuando se reivindica socialmente la eutanasia, y en segundo lugar, por la diversidad de factores implicados en su esclarecimiento, desde los puramente éticos a los legales y políticos, pasando por los económicos, culturales, religiosos y, por supuesto, deontológicos: está en juego la revisión de las funciones que usualmente se reconoce a los médicos en el ejercicio de su profesión. Como mi perspectiva procura ser ética, me limitaré a responder a la siguiente pregunta: ¿es la reivindicación de la eutanasia una defensa de la muerte digna, o la dignidad del proceso de morir implica, al contrario, el impedimento de cualquier tipo de eutanasia?
Como es bien sabido, etimológicamente eu-tanasia significa buena muerte. Mas saber a qué podemos llamar buena muerte es complejo. En sentido estricto, eutanasia es la acción directa de un agente (médico, personal sanitario, principalmente) que, tras la reiterada petición de muerte indolora por parte de un paciente en posesión de sus facultades mentales y que está sufriendo una enfermedad incurable, dolorosa y terminal, busca poner fin a su vida con procedimientos letales. Por tanto, la eutanasia que se suele considerar un tipo de muerte digna es aquella que cabe tildar de eutanasia voluntaria (solicitada por el enfermo), activa (siendo el personal sanitario el agente principal que realiza determinadas acciones para poner fin a una vida) y directa (con la intención explícita de acabar con la vida del sufriente y de este modo con todos sus dolores). Es el sujeto moral, enfermo y sufriente, quien ejercitando su capacidad de autonomía, considera que la calidad de su vida, la funcionalidad de su cuerpo, y su dignidad en tanto que persona, han sido en parte borrados por la gravedad y crueldad del proceso degenerativo que irremediablemente le conduce a la muerte. Ya no merece la pena invertir más tiempo ni energía en cuidar o luchar contra el dolor, sólo acabar con la vida del paciente, teniendo siempre en cuenta (y éste es el punto clave de la eutanasia) que son el deseo y la voluntad ?se supone que libre? del enfermo los que justifican que otro acabe ya con su cuerpo moribundo, con su sufrimiento. En determinadas situaciones ?se afirma?, la dignidad de la persona desaparece, ya no es un sujeto capaz, competente, moral, libre. Sólo resta el último acto de acabar con la vida de quien sufre, para devolverle, al menos por unos instantes, la sensación subjetiva de que es él, y nadie más, quien pide morir, es decir, quien suplica que se le mate, queriendo revelar así al personal médico, a los familiares y a la sociedad entera que la muerte dignifica al paciente en situación terminal. Permanecer vivo y prolongar la agonía ?viene a sostener el solicitante de la eutanasia? me humilla hasta grados intolerables de indignidad humana.
Sin embargo, no es del todo desacertado comprender que con suma dificultad podrá ejercerse, de modo enteramente competente, la lucidez, serenidad y libertad que se le supone al ser humano en contextos de extremo sufrimiento. Se suele considerar que la autonomía es plena al formular la petición; no obstante, el miedo y la amenaza del deterioro físico no son contextos especialmente favorables para el ejercicio de la libertad. Y a ello cabe añadir que no se reconoce del todo justificable por parte de los médicos que sean ellos quienes hayan de atentar contra la vida de un paciente sólo porque él formule tal petición, dado que ello implica una acción transitiva (un sujeto actúa ?mata? a petición de otro) que requiere de la obediencia y sometimiento de la voluntad del médico a la supuesta autoridad autónoma del paciente. Son explicables, pues, las reticencias que este tipo de eutanasia provoca en no pocos legisladores y médicos. Es fácilmente constatable también la diversidad de condicionamientos y presiones sutiles que pueden caer sobre quien está experimentando la máxima debilitación de sus facultades mentales, físicas y morales. Inmersos en un proceso grave de dolor físico y sufrimiento psíquico, los escasos pacientes que suplican la muerte lo que parece que están implorando no es un real deseo de morir ?o ser matado por otro?, sino dejar de sufrir.

Falsa compasión

Por lo dicho, se ha de distinguir la eutanasia, en sentido estricto, del suicidio asistido, que podría ser delimitado en estos términos: el personal sanitario ha de contribuir con sus conocimientos a que el enfermo terminal o quien padece insoportables dolores físicos y sufrimientos psíquicos, que ha decidido poner fin a su propia vida, lleve a término su voluntad de suicidarse a fin de evitar los últimos tramos de la enfermedad o proceso degenerativo. En este caso, lo que se produce es una ayuda indirecta: se facilitan los medios farmacéuticos o técnicos para que sea el propio enfermo quien ponga fin a su existencia cuando personalmente lo decida. En realidad, era ésta la reivindicación de don Ramón Sampedro, no la eutanasia, como se suele afirmar, dado que su situación no era la de un enfermo terminal o con insoportables dolores. Sin embargo, en la eutanasia voluntaria-activa-directa, tal como se ha definido, es el enfermo quien anhela, según su expreso deseo, que otro agente responda favorablemente a su petición de acabar con su vida. Digamos que la eutanasia es algo parecido a un suicidio por delegación.
La muerte por compasión propugna que, amparados en la conmiseración que provocan en nosotros las penalidades del paciente (ahora también, en los Países Bajos, las de los recién nacidos y niños), se legitima provocar una muerte indolora ?aunque no sea solicitada por el enfermo? a fin de evitar los sufrimientos que la agonía final le está ocasionando. Es evidente que, si no existe la demanda voluntaria del enfermo terminal, nos encontramos, dicho sin rodeos, con un homicidio o asesinato (dependiendo de las circunstancias concretas que rodeen tal acción). Aunque al contemplar el dolor del enfermo y sentir compasión sea solicitada la muerte por algún familiar (o el médico decide, por piedad, acabar unilateralmente con la vida del paciente), si no hay voluntad expresa del enfermo, no puede ser considerada dicha muerte una eutanasia voluntaria-activa-dierecta. Y no es correcto hablar de eutanasia involuntaria (no solicitada por el enfermo, aunque es competente para valorar su situación), ni tampoco es acertado referirse a una eutanasia no-voluntaria (aquella en la que el enfermo ya ha perdido sus facultades ?o nunca las ha tenido? y no consta ninguna petición anterior a su situación, siendo solicitada por otros en su lugar), sino que en estos casos se trataría de crímenes contra la dignidad de la persona.

Cuidados paliativos

Tampoco cabe hablar, en sentido estricto, de eutanasia indirecta. Se suele entender ésta como la acción por la cual el médico busca reducir los sufrimientos y dolores del enfermo, acortar la agonía de un paciente aumentando ciertas dosis terapéuticas de medicamentos o tratamientos que pueden abreviar su vida, mas siempre como efecto secundario de la intención principal de atacar el dolor. No es eutanasia procurar eliminar gradualmente los dolores físicos de los enfermos terminales. A este proceso de lucha contra el dolor en medio de una grave y terminal enfermedad, sin intención médica de matar al paciente, creo más adecuado denominar analgesia, en vez de eutanasia indirecta. En estos casos, una muerte digna es aquella acontecida mientras el paciente es tratado como una persona a quien se le aplican los mejores cuidados posibles, dignificando así su proceso irreversible de morir. Lo cual se distingue radicalmente de la eutanasia.
En griego, la partícula dis remite a algo que es malo, que está mal hecho; de ahí la dis-tanasia (mala muerte) como concepto opuesto al de eu-tanasia (buena muerte). Cuando se utiliza el concepto de distanasia se procura expresar que estamos ante un proceso médico consistente en retrasar la muerte el mayor tiempo que sea posible, aplicando los métodos y las técnicas de soporte vital que ofrece la más avanzada medicina, aunque impliquen mayores sufrimientos a un moribundo que, según los conocimientos disponibles, no tiene ninguna posibilidad de ser curado, prolongándose innecesaria y artificialmente su agonía. A nadie se le escapa que lo que está generando esta extendida obstinación médica por curar o alejar la muerte es un temor cada vez mayor en los pacientes terminales de verse entubados y atados a aparatos electrónicos que no ofrecen en absoluto ningún tipo de calidad existencial, sino sólo cantidad de horas y días en situaciones de extrema penalidad. Y quizá es este temor justificado a la distanasia el que explique en no pocos casos la preferencia de algunos enfermos terminales (y también de la mayoría de los ciudadanos sanos encuestados) por la muerte rápida e indolora.
El rechazo a la distanasia puede contemplarse estrechamente vinculado a la defensa de los cuidados paliativos, cuyo objetivo, una vez que ya no es posible aplicar un tratamiento curativo, no es otro que el alivio de aquellos síntomas que originan graves sufrimientos y dolores a los enfermos terminales. Estas unidades pueden funcionar en los hospitales y también en los hogares de los enfermos. Se procura una atención integral, atendiendo las diversas necesidades que surgen en la fase terminal de una grave enfermedad. A pesar de la disminución de su calidad de vida, de sus cualidades intelectuales y morales, sigue siendo tratado con dignidad. Se le muestra al final de sus días que en los momentos de angustia, debilidad y soledad que ocasiona la cercanía de la muerte, su ser persona es elevado al rango de persona amada por sí misma, y no marginada por su declive.
Es evidente que el desarrollo de las Unidades de Cuidados Paliativos en nuestro país requiere una mayor implicación de la Administración pública y un aumento de inversión económica, sin olvidar el fomento de una nueva mentalidad cultural según la cual la muerte no ha de ser contemplada como el fracaso principal de la medicina, sino el proceso natural y final de toda vida humana. Todos los ciudadanos moriremos irremediablemente; no sabemos cómo, pero gracias al desarrollo de la medicina, cada vez serán más quienes llegarán al final de su vida con no pocas intervenciones quirúrgicas y cargados de años. Si no se desarrollan los cuidados paliativos, la opción técnica y la mentalidad social que se impondrá poco a poco será la favorable a la eutanasia, en principio voluntaria-activa-directa y, según los analistas de las pendientes resbaladizas, al cabo de no mucho tiempo se extenderán también las mal llamadas eutanasias no-voluntarias e incluso las involuntarias.
Ser cuidado cuando ya se tiene la absoluta certeza de que no se sirve para nada, es reconocer de modo excelso que la persona enferma y débil, que se está muriendo, es un fin en sí mismo y no un mero medio para otros fines sociales, económicos, médicos, familiares, etc. La concepción de la persona que subyace a la defensa de los cuidados paliativos como el modo más auténtico de muerte digna, es claramente incondicional y de carácter ontológico: en tanto que seres humanos débiles, necesitados y dependientes, nuestra realidad humana ha de ser tratada con afecto y cuidado, es decir, de modo verdaderamente dignificante, por parte de aquellos profesionales que están al servicio no sólo de la curación de las enfermedades, sino también del respeto a la dignidad de la persona enferma y muriente.

Enrique Bonete Perales

 
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