(Zenit, 7 de junio de 2005). La «calidad de la vida» forma ya parte de nuestro vocabulario hodierno cuando nos informamos de una extensa gama de temas morales, sociales y económicos. Para profundizar más en esta materia, se ofrece la entrevista al padre Víctor Pajares, bioeticista que enseña en la Facultad de bioética del Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum» de Roma.

Se habla mucho de «calidad de la vida». ¿A qué se refieren ustedes, los bioeticistas?

         Ha sido un tema constantemente empleado por bioeticistas influyentes y bien conocidos para justificar sus posiciones sobre el aborto, la eutanasia, la fecundación in vitro, etc. Abres un libro de Peter Singer y no tienes que esperar mucho hasta que aparezca esta expresión talismán de la «calidad de vida».

¿Está insinuando que ciertos bioeticistas se han apoderado de esta idea y han deformado su significado?

         De hecho, muchos estudiosos del tema han tratado de evitar un planteamiento excluyente. En este sentido, no hay por qué oponer frontalmente la calidad y la sacralidad de la vida, como si se tratase de una disyuntiva.

Un momento, aclárenos un poco más lo que quiere decir.

         El modo más fácil de entenderlo es acudiendo al Magisterio. En la «Evangelium vitae», la encíclica más bioética hasta la fecha, el Papa Juan Pablo II hace referencia a la calidad de vida matizando su significado.

        Primero, pone en guardia contra una calidad de vida interpretada principal o exclusivamente como eficiencia económica, consumismo desordenado, belleza y goce de la vida física, olvidando las dimensiones más profundas de la existencia.

        Una consecuencia grave de esta concepción radical y reduccionista es la censura del sufrimiento, rechazado como inútil y combatido como mal que debe evitarse siempre y de cualquier modo. Visto así, el sufrimiento deja de ser un factor de posible crecimiento personal.

        Pero también menciona el lado positivo de una calidad de vida entendida como la búsqueda, presente sobre todo en las sociedades más desarrolladas, de una mejora global de las condiciones de vida. Y a renglón seguido, menciona la bioética como ese despertar de una reflexión ética sobre la vida, que favorece el diálogo ?entre creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de diversas religiones? sobre problemas éticos que afectan a la vida del hombre.

Teniendo estas dos descripciones de la calidad de vida, ¿con cuál nos tendríamos que quedar?

         Hay que tener en cuenta que se colocan en dos niveles diversos. La primera está más relacionada con la salud y la medicina, y la segunda se refiere más al medio ambiente. La primera es de corte hedonista, con las consecuencias negativas señaladas, pero no así la segunda.

        Lo que tenemos que evitar es la separación entre la sacralidad y la calidad de la vida, como si no pudiesen mantenerse juntas. Para ilustrar este aspecto, uno de los casos que marcó el desarrollo de la bioética como movimiento cultural fue el escándalo de Baby Doe al inicio de los ochenta en Estados Unidos. Se trataba de un bebé nacido con síndrome de Down, al que no se le operó de una atresia y murió de inanición.

        El presidente R. Reagan, secundando la airada reacción del país, dejó claro que todo legislador, doctor y ciudadano tendría que elegir entre una ética que reconozca la sacralidad de toda vida humana, y una ética, de corte social, que valore unas vidas por encima de otras. En esta disyuntiva, la palabra clave es «ética».

        En efecto, una «ética de la calidad de vida» no valora todas las vidas por igual, mientras que una «ética de la sacralidad de la vida» protege toda vida humana. Pero esto no quiere decir que una ética basada en la sacralidad de la vida humana no tenga en cuenta la calidad de nuestra vida.

En este sentido, ¿hay alguna ética global, que combine ambos elementos, la calidad y la sacralidad de la vida?

         Así es, y la podemos encontrar en la tradición de la moral católica, que se basa en estos tres principios: la defensa contra el homicidio de todas las vidas humanas, el uso obligatorio sólo de los medios ordinarios para conservar la salud y la vida, y la promoción de la compasión y la solidaridad sobre todo con los más desprotegidos de la sociedad.

        Estos tres principios comprenden tanto la sacralidad como la calidad de la vida humana, por lo que la moral católica es muy iluminadora en este campo.

Pero no faltan problemas cuando afrontamos situaciones en las que parece que la sacralidad y la calidad una vida están en conflicto. En estos casos, ¿cuál aspecto deberíamos favorecer?

         Aplicando una recta jerarquía de valores, es obvio que la sacralidad. Y aquí el don de la fe es una gran ventaja, pues nos permite ver que la razón más profunda para sostener la dignidad de toda vida humana es nuestra semejanza con Dios, de modo que incluso cuando nuestra imagen exterior se deteriora, permanece inalterada nuestra imagen interior de Él.

        Dicho esto, podemos añadir que el tipo de sociedad que deseamos construir es también un motivo fuerte para no dar la prioridad a la calidad de vida.

¿En qué sentido es este motivo social determinante para recalcar la sacralidad de la vida teniendo en cuenta a los que no creen que el hombre está hecho a imagen de Dios?

         Lo puedo ilustrar con un ejemplo tomado de Italia. Aquí está dando buenos resultados la licencia de conducir «por puntos», de modo que cuando uno comete una infracción, pierde una cierta cantidad de los mismos, con el peligro de llegar a perderlos todos si se sigue saltando las reglas.

        Si trasladamos este esquema a nuestra condición humana, correríamos el riesgo gravísimo de perder nuestra dignidad, toda vez que la hayamos vinculado a nuestras cualidades humanas. Según vayan faltando éstas, se nos iría reduciendo nuestra dignidad. Si esto fuese así, no habría un obstáculo firme para legalizar la eutanasia.

        Y no pensemos que en este hipotético caso la eutanasia se podría aplicar sin ulteriores abusos, ya que una dignidad humana tan ligada al cambio no sería un motivo suficientemente fuerte para exigir una conducta intachable a los familiares, personal médico y jueces. Si al perder tus cualidades, pierdes tu dignidad, no hay mucha base para el derecho...

De hecho, volviendo a Estados Unidos, con el caso reciente de Terri Schiavo, ¿podríamos decir que a partir de ahora estamos dispuestos a permitir que la sociedad redefina lo que constituye la esencia de nuestra humanidad?

         Decirlo así tan claro es enemistarse con los bien pensantes del momento. Éstos siempre te dirán que por fin se dejó a Terri descansar en paz y que se le ahorraron un montón de sufrimientos. Sin embargo, el problema es que si la calidad de vida tiene más sentido que la sacralidad de la vida, siempre vamos a estar nerviosos de quién se encarga de seleccionar las cualidades y juzgar hasta qué punto uno exhibe esas cualidades requeridas.

        Por supuesto, nadie está diciendo que regresaremos al nazismo, porque las cosas se harán mejor ahora, habiendo aprendido de la historia, esperamos. Aun así, yo no me iría a la cama dando todo por supuesto hasta la mañana siguiente; y no porque me podría morir en el ínterin, sino porque tal vez no se me permitiría seguir viviendo en el caso de que algo imprevisto haya ido mal.

        Aquí no es cuestión de exagerar, pues en realidad una ética de la calidad de vida tomaría muy en serio el mantener la calidad del «producto», es decir, aquello en que se convierte toda vida humana tras haber perdido su sacralidad.

¿Podemos esperar en un futuro menos sombrío?

         No solamente podemos, sino que debemos, pues Dios no abandona al mundo, y la última prueba evidente la hemos tenido en la elección de un Papa tan dotado como Benedicto XVI. De hecho este Papa también habló del tema de la calidad de la vida cuando era cardenal.

        En 1997 escribió sobre la filosofía del nuevo orden mundial, la cual, a diferencia del marxismo, sería realista y no utópica. En el futuro, cuando la gente se haya habituado a un alto grado de bienestar, nadie estará dispuesto a realizar los sacrificios necesarios para garantizar el bienestar de todos, incluidos los últimos. Por lo cual esta filosofía humanitaria se vería obligada a proponer estrategias que reduzcan el número de los invitados a la mesa de la humanidad, con el fin de asegurar la supuesta felicidad, o calidad de vida, alcanzada ya por algunos.

        En varias ocasiones hemos escuchado al Papa Benedicto XVI expresarse elocuentemente sobre el «desierto», sobre todo aquellos creados por el egoísmo humano. La única solución verdadera y duradera es el agua que salta de Cristo. Por eso, podemos confiar en la gracia de Dios para seguir promoviendo la cultura de la vida, contra la muerte del desierto.