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¿Qué decir de Charlotte? PDF Imprimir E-mail
(Alfa y Omega, 11 de noviembre de 2004). El obispo Vicepresidente de la Academia Pontificia para la Vida, monseñor Sgreccia, escribe así en L?Osservatore Romano, sobre el caso de la niña inglesa Charlotte Wyatt.

El conmovedor caso de la pequeña Charlotte Wyatt, una niña inglesa nacida en estado sumamente prematuro (a las 26 semanas de gestación), ha copado las crónicas sacando en portada la cuestión, nunca del todo resuelta, de la difícil decisión médica en situaciones clínicas extremas, entre el rechazo del encarnizamiento terapéutico y el riesgo de deslizarse hacia la eutanasia.
La pequeña se hallaba en condiciones clínicas gravísimas, sin una razonable esperanza de mejoría; al contrario, con claros signos de agravamiento. Los médicos que la atendían habían tenido que reanimarla varias veces después de crisis respiratorias agudas que se sucedían.
Lamentablemente, en esta dramática situación humana, ha surgido un fuerte conflicto: por un lado, la conciencia deontológica de los médicos, inclinados a no emprender más operaciones de reanimación en caso de crisis respiratoria aguda de la pequeña Charlotte, para no caer en lo que ellos considerarían un verdadero encarnizamiento terapéutico; por otro lado, la decidida voluntad de sus padres, que desearían, al contrario, la continuación de toda intervención médica que pueda mantener con vida a su hijita el mayor tiempo posible.
Estas dos actitudes se han enfrentado duramente, hasta implicar, por iniciativa de los padres de Charlotte, la intervención de los jueces del Alto Tribunal londinense, que decidieron dar la razón a los médicos, con la motivación de que prolongar artificialmente la vida de Charlote, en sus condiciones clínicas extremadamente comprometidas y sin esperanza razonable de mejoría, «no va en su interés».
 
Obviamente, además de las discusiones de tipo ético y deontológico, la intervención judicial orientada a determinar de forma directa la praxis médica ?en éste como en otros casos clínicos conflictivos? no ha dejado de suscitar ulteriores debates y polémicas. ¿Qué decir de todo ello? Consideramos adecuado limitarse a algunas breves consideraciones. Una primera se refiere al hecho de que no se puede dar por descontada la coincidencia entre las deliberaciones vinculantes de los jueces de un tribunal, los deberes deontológicos de los médicos y las exigencias éticas ligadas al tratamiento de un determinado caso clínico. Lo que los jueces establecen en casos de este tipo no se corresponde necesariamente con la solución más correcta desde el punto de vista ético. Las normas jurídicas de un Estado democrático moderno, de hecho, pueden no cubrir todo el área de interés de la ética.
En esta perspectiva, tienen en cambio un papel primario los deberes deontológicos y la conciencia personal de los médicos de cabecera llamados a establecer si el tratamiento es realmente proporcionado a los objetivos médicos prefijados: una intervención médica que carece de eficacia, o cuyos beneficios son desproporcionados respecto a los eventuales efectos nocivos, riesgos, costes, etc., es una intervención, en línea de principio, moralmente reprobable.
Además de este criterio se debe valorar, en diálogo con el personal sanitario, si el tratamiento médico propuesto presenta en concreto para él elementos significativos de carácter extraordinario, en términos de sufrimiento físico y/o psicológico, de cargas humanas, económicas, etc. Si el paciente no es capaz de elaborar las propias consideraciones libres (como en el caso de la pequeña Charlotte), será un legítimo representante suyo quien valore en su lugar dichos elementos.
Puesto que está en juego el sustentamiento de la vida, una intervención médica valorada como proporcionada y ordinaria resulta también moralmente obligatoria tanto para el paciente como para los médicos, y deja al paciente la libre facultad de recurrir a ella o no. Si este proceso valorativo se desarrolla en un clima de serio y de profundo diálogo entre paciente (o quien le represente legítimamente) y los médicos que le atienden, será posible con mayor facilidad y con buena probabilidad identificar el tratamiento que garantiza mejor la búsqueda del bien integral del paciente, en la situación clínica dada. Se caería, en cambio, en un grave y peligroso equívoco si los médicos pretendieran sobrepasar su competencia técnica e hicieran resbalar su valoración desde el plano de la proporcionalidad médica al del juicio de valor sobre la vida misma del paciente, en su globalidad: una cosa es afirmar que la utilización de un tratamiento, para ese paciente y en esa situación clínica, es médicamente desproporcionado (según los criterios antes expuestos) y, por lo tanto, abstenerse de su empleo, y otra es afirmar que, aun siendo proporcionado a la patología, una intervención médica no se realiza porque las condiciones de vida o de salud del paciente son consideradas de baja calidad, hasta el punto de juzgar esa vida disminuida en su valor y en su dignidad. Tal juicio sería absolutamente arbitrario y arrogante y, por ello, moralmente inaceptable.
Sin pretensión de dar juicios definitivos sobre lo que no se conoce con detalle, se puede afirmar que, en el caso de la pequeña Charlotte, si los médicos han considerado que ya no deben proceder a su reanimación, valorando a ciencia cierta tal intervención como médicamente desproporcionada en la situación clínica dada, han actuado de forma moralmente correcta; si su juicio, en cambio, se ha basado en la valoración de lo que no les compete, es decir, del valor y de la dignidad que la vida de esta niñita puede revelar a sus ojos, entonces han cometido un grave error ético.
No creemos, sin embargo, que se pueda sostener como criterio único y decisivo sobre la actuación médica la voluntad de los padres; ellos luchan para que se ponga por obra todo intento de mantener con vida a su hija. Pero, ¿qué habríamos dicho en caso de que su decisión hubiera sido opuesta? La vida de cada persona debe ser reconocida y sostenida en su valor objetivo, no dependiendo del reconocimiento de otros, ni siquiera cuando se tratara de la actitud rica de amor y de afecto de dos padres ante su hijita.

+ Elio Sgreccia

 
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