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Legalizar la eutanasia activa sería un grave error PDF Imprimir E-mail

(La Razón, 9 de mayo de 2006).

El debate sobre la legalización de la eutanasia activa es uno de esos asuntos recurrentes que aparecen y desaparecen a golpe de titular de periódico. En esta ocasión, ha sido la muerte, en lo que parece un suicidio asistido, del pentapléjico vallisoletano Jorge León el hecho que ha vuelto a poner de actualidad la polémica. Ocurrió con el mediático caso de Ramón Sampedro y, también, a consecuencia del dramático caso de la estadounidense Terry Schiavo, condenada a morir de hambre y sed por una le gislación tan implacable como científicamente obsoleta. Los partidarios de la legalización de la eutanasia suelen utilizar estos ejemplos, singulares y extremos, en su pugna dialéctica porque saben de su impacto en una opinión pública sensible ante el dolor de los demás.

Pero los argumentos en pro del suicidio asistido parten de un grave equívoco: contraponer dos principios, el derecho a la vida y el derecho a una muerte digna, que no son en absoluto incompatibles. Así, el derecho que inspira la mayoría de las legislaciones occidentales y de raíz cristiana ha establecido la distinción entre la eutanasia y la aceptación del hecho irreversible de la muerte. De aquí que haya marcado una radical diferencia entre eutanasia activa y pasiva. El concepto de dignidad acompaña al ser humano en todas las circunstancias sin que la enfermedad, por incapacitante que sea, le reste ni un ápice de aquélla. Ése es el concepto universal que se debe defender frente a un falso sentido de la compasión. Ese mismo concepto de la dignidad es el que delimita ciertas prácticas de mantenimiento artificial de la vida, que en ocasiones derivan en un ensañamiento terapéutico, del correcto tratamiento de una situación terminal. La cuestión no es legalizar la eutanasia activa, que es rechazable, sino aplicar los criterios en los que se inspira la eutanasia pasiva. Y, por supuesto, atender al enfermo y su familia en la lucha por la vida, no por la muerte.

 
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