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Viernes, 23 Agosto 2019
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¿A quién ayuda en realidad un testamento vital? PDF Imprimir E-mail
(Diario Médico)

¿Debería hacerme un testamento vital? El año pasado pasé por una experiencia que me hizo tener la impresión de que si no tenía uno, mi vida no merecería la pena.
Una mamografía rutinaria reveló que sufría cáncer de mama en una etapa temprana. Este tipo de cáncer es no invasivo y no suele suponer una amenaza demasiado importante, aunque puntualmente puede necesitar cirugía. Sin embargo, una de las cosas que tuve que escuchar en el hospital (donde, por otra parte, me brindaron unos cuidados excelentes) fueron una serie de intentos para convencerme de que firmase el documento que me iba a garantizar lo que actualmente se conoce como "muerte digna'.
Aquellos intentos de conseguir mi firma venian en forma de testamento vital, y uno de los puntos de éste hacía referencia a los cuidados durante el final de mi vida, por cuyo cumplimiento velan actualmente organizaciones como la Asociación Médica Americana o las leyes estatales, además de una serie de responsables políticos de los partidos, bioéticos y consejeros. Ahora sospecho que existen intereses que mueven la necesidad de contar con ese testamento vital. Después de tres intentos para que lo firmase o declarase por escrito mi rechazo al documento, me pregunté hasta qué punto es algo voluntario en otros casos parecidos al mío.
Cuando fui al hospital para hacerme unas pruebas médicas antes de la operación a la que iba a ser sometida, una de las primeras preguntas del hombre que estaba en recepción fue si tenía ya mi testamento vital. La forma en que me miró después de decirle que no me hizo sentir mal. Pero es que en aquel documento había demasiados apartados en los que yo tenía que decidir sobre cosas complicadas, por ejemplo, si me gustaría que en mi cama se especificase que quería ser reanimada en caso de sufrir una parada, si me negaba a ser alimentada artificialmente en determinadas circunstancias, qué pensaba de la respiración asistida mecánicamente, etcétera.
Además, me resultaba algo engañoso el modo en que se me presentaban todas aquellas opciones, como si mi única y verdadera opción estuviese entre la firma del documento o la resignación a que a la primera que perdiese el conocimiento me llenasen de tubos y agujas y me enchufaran a un respirador hasta que el calentamiento global derritiese los polos y al hospital se lo llevase la marea. Encontré un apartado en el documento que decía "rechazo el testamento vital'; y lo firmé. Ahora mismo, mi marido es mi propio testamento vital y después de haber seguido el caso de Terri Schiavo intentando ejercer "su derecho a morir" al deshidratarse tras retirarle la alimentación artificial en 2005, sabe exactamente cómo pienso sobre este tipo de cosas.
Unos días más tarde, cuando volvi al hospital para la operación, otro recepcionista me dio un nuevo testamento "ital y tuve que decirle que ya había visto ese documento; se lo devolví. Tras la operación, comenzaban seis semanas de radiación diaria y un tercer recepcionista volvió a mostrarme el dichoso documento. Al menos ahora sabía dónde encontrar el apartado de rechazo.
Sé que los tres recepecionistas sólo hacían su trabajo. Una ley federal de 1991 obliga a los hospitales y a otras instalaciones de asistencia médica a pedirles a sus pacientes, cuando éstos estén conscientes, que firmen un testamento vital, aunque este trámite se haga en apenas 30 segundos, en el vestíbulo del hospital y estando uno demasiado ocupado con otras cosas como para leer y firmar un complejo documento que más bien arroja una sensación de negatividad al paciente en vez de hacerle afrontar las operaciones quirúrgícas con confianza.

La verdadera muerte digna
Cuando pienso en el concepto de "muerte digna" no puedo evitar el sentirme incómoda. Tengo la impresión de que eso sólo significa que morirás cuando una serie de intelectuales crea que es oportuno. Considerando lo que ha ocurrido en los últimos años, el famoso juramento hipocrático y la prohibición que éste impone a los médicos de administrar medicamentos nocivos se han ido al traste con la cada vez mayor aceptación del suicidio asistido médicamente que incluso se aplica a personas muy enfermas, minusválidas o dementes llegando al borde de la legalidad, como parece que ocurre en los Países Bajos.
La gente que toma según qué decisiones sobre el final de su vida puede estar sintiendo esa sutil presión de los médicos en el hospital, o de los bioéticos, para que tomen precisamente la decisión que más dinero pueda ahorrar al hospital, a los parientes ya la sociedad en general. La "muerte digna" es sólo una traducción de una palabra griega llamada eutanasia.
Incluso las residencias de ancianos, que históricamente se han opuesto a todo lo que suene a eutanasia, se han ido corrompiendo por esta corriente de pensamiento.
Hace siete años, mi padre se estaba muriendo por un cáncer de próstata y vivía con nosotros en casa, con un enfermero pendiente de él las veinticuatro horas. Un día sonó el teléfono y una voz al otro lado me preguntó por la salud de mi padre. "Tarde o temprano entrará en coma': me dijo. No se identificó pero al parecer era amigo de la familia. "Tendrá usted que llevarle a una residencia. Fue lo que hicimos con mi madre; allí le pondrán un gotero con morfina y morirá en pocos días, muy tranquilo y en paz': Me quedé sin habla y no formulé la pregunta obvia: ¿para qué necesita morfina alguien en coma? (Mi padre, por cierto, murió en casa unos cinco meses después de aquella llamada).
Seguramente no todas las residencias llevan a cabo este tipo de prácticas que adelantan la muerte deliberadamente, pero el pasado mes de febrero la Academia Americana de Residencias Geriátricas y de Medicina Paliativa cambió de opinión, tras muchos años, respecto al suicidio asistido y ha adoptado unas nuevas reglas del juego que aprueban esta práctica. La Academia ya ha decidido cuál será el nuevo eufemismo que utilizará para denominar este procedimiento: "Ayuda médica a la muerte'.
El problema es que hoy por hoy no existe ningún acuerdo social sobre qué enfermos o minusválidos deben ser tratados con la esperanza de poder curarse. Muchas personas, sobre todo mucha gente culta y no religiosa, piensan que "la ayuda médica a la muerte" es simplemente una forma de lavar nuestras conciencias. Y si cree que los bioéticos se van a erigir en salvadores de la vida frente a estas decisiones, quizás se equivoque.
Que yo sepa, los bioéticos existen principalmente para plantear dudas morales antes de dar luz verde a cualquier acuerdo general que el resto de la elite intelectual ya ha acordado. Si usted cree, como en Holanda, que está bien que un hospital practique la eutanasia con niños con la misma severidad que lo hace con minusválidos, siempre podrá encontrar a un bioética que le dé su aprobación. Si quiere autorizar la donación de órganos de personas sin ni siquiera esperar a su muerte, probablemente encuentre a un bioético que también lo apruebe.
Estudiando todos estos datos no resultan tan sorprendentes los datos de un informe de 2004 que demostraba que, a pesar de llevar décadas de agresiva promoción, sólo el 18 por ciento de los estadounidenses habían firmado un testamento vital. Y curiosamente, dentro de las residencias geriátricas, sólo lo habían suscrito el 35 por ciento de los ancianos.
Charlotte Allen
 
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