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¿Es digno morir asfixiado con gas helio? PDF Imprimir E-mail
(El Mundo, 23 de marzo de 2008)

Se suponía que la inhalación de helio aseguraba una muerte dulce. Un final grato y sin sobresaltos. El adiós decente que Dignitas -la asociación suiza de ayuda al suicidio- lleva administrando a sus clientes desde hace más de una década. Una eutanasia sin dolor. Pero quienes han visto el modo en el que se han despedido de este mundo sus cuatro últimos pacientes aún están sobrecogidos y escandalizados por la brutalidad de las imágenes: los suicidas se asfixian lentamente y agonizan entre convulsiones y violentas sacudidas.

"En esta profesión vemos muchas cosas, pero le aseguro que estas imágenes son de lo más impresionantes", decía el jueves a Crónica Jürg Vollenweider, ayudante del fiscal de Zúrich, aún estremecido por el recuerdo de lo visionado. Por mandato legal, todos los suicidios ceremoniados por Dignitas son grabados y entregados a la policía como prueba de que los fallecidos han actuado por su propia voluntad. La Fiscalía los examina con lupa.

Jürg Vollenweider había visto pues muchas muertes provocadas antes de éstas. Pero ninguna tan dramática, dice. Hasta ahora, a quienes estaban seguros de querer emprender el último viaje, Dignitas les facilitaba una poción letal a base de pentobarbital de sodio -15 gramos- disueltos en agua. En unos instantes, el cóctel sumía a quien lo bebía en un profundo sueño. Para cuando el corazón dejaba de latir el suicida ya estaba en coma.

El helio es otra cosa: "Da la impresión de que la persona sigue aún consciente, ya que el cuerpo se retuerce haciendo movimientos incontrolados", detalla el impactado ayudante del fiscal. "Hay convulsiones, las manos se mueven sin parar y la respiración no se detiene. Esta situación dura entre 25 y 50 minutos frente a los dos minutos del pentobarbital".

Las grabaciones muestran a los suicidas recostados en camas de hospitales. Uno de los miembros de Dignitas le acerca una máscara de reanimación conectada a una botella de helio. El enfermo se ajusta entonces el dispositivo a la cara y acto seguido el voluntario abre la llave para que el gas llegue a las vías respiratorias.

La opinión pública suiza ha quedado noqueada tras conocerse las nuevas prácticas de Dignitas, de nuevo en el ojo del huracán, cuestionada y envuelta en polémica. El escándalo la ha perseguido desde que en 1998 fuera creada por abogado Ludwig Minelli. Además de en Suiza, el suicidio asistido está permitido en Bélgica, Holanda y el estado de Oregón (EEUU), pero sólo el país helvético admite a extranjeros. Esto ha hecho que cientos de foráneos crucen la frontera de Suiza y el país, muy a su pesar, ha comenzado a ser mundialmente conocido por ser el epicentro del turismo de la muerte.

A Suiza pensaba dirigirse la francesa Chantal Sébire, aquejada de un raro y doloroso tumor que le había desfigurado completamente el rostro. El jueves pasado apareció muerta en su casa de Francia. El óbito ha hecho que en el país galo prenda más fuerte que nunca el debate sobre si hay que legalizar las prácticas eutanásicas a imitación de las vecinas Suiza o Bélgica. En este último país, y también esta semana, ha muerto el escritor Hugo Clas, a los 78 años, enfermo de alzhéimer desde 2006. Se le practicó una eutanasia que no ha causado el más mínimo revuelo y en la que por supuesto no se ha empleado helio.

Dignitas recurrió a este gas por primera vez el pasado 8 de febrero, empujada por las dificultades para conseguir el pentobarbital de sodio. La Asociación de Médicos de Zúrich había comenzado a ejercer un control mucho más férreo a sobre las recetas de pentobarbital de sodio, utilizado para el suicidio. "Ningún médico puede prescribir el pentobarbital si no ha visto a la persona más de una vez", explica a Crónica Vollenweider. "El respeto de las reglas éticas de la profesión se está aplicando ahora a rajatabla. El médico que trabajaba con Minelli no era tan riguroso", continúa.

Como siempre, Dignitas encontró el resquicio por donde sortear el nuevo impedimento. Si no hay pentobarbital de sodio, utilizaremos helio. Los efectos mortales del gas son de sobra conocidos hasta el punto de que el kit suicida a base de helio se puede conseguir por internet.

No es la primera vez que los de Dignitas sortean la estricta vigilancia de la Fiscalía de Zúrich recurriendo a estratagemas más que cuestionables. Como cuando les obligaron a dejar el piso del número 84 de la calle Getrud Strasse de Zurich donde se celebraron los suicidios durante años y que Crónica visitó (ver número de 6 de octubre de 2002) cuando Dignitas aún era desconocida a nivel mundial. Entonces, contaba con una docena de españoles entre sus socios y alguno de ellos ya había probado su cóctel moral.

La sede fue clausurada porque se trataba de una vivienda normal y corriente e incumplía las condiciones requeridas para el uso que se le daba. Habían arreciado, además, las protestas de los vecinos, cansados de ver el continuo peregrinaje al cuarto piso de personas que luego bajaban en ataúdes.

Desde entonces, Dignitas ha cambiado constantemente de escenario: usaron habitaciones de hoteles, la propia casa del fundador, Ludwig Minelli, y hasta un automóvil estacionado en un bosque cercano a Zúrich donde en noviembre pasado pasaron a mejor vida dos alemanes de 65 y 50 años. En Alemania estuvieron polemizando sobre el asunto durante semanas. Actualmente, se han instalado en Schewerzenbach, un barrio industrial en las afueras Zúrich, donde difícilmente molestan a los vecinos.

Hay quien compara el quehacer de Dignitas con el programa nazi y las autoridades judiciales de Zúrich han investigado el suicidio de varias personas que sufrían enfermedades mentales. ¿Estaban capacitados para tomar una decisión racional sobre su muerte?

Pese a ello, Ludwig Minelli no deja de recibir llamadas de personas que no quieren vivir más. Cuenta con 6.000 socios en todo el mundo y se calcula que ha ayudado a morir a unas 850 personas. Asegura que anima a la gente a vivir pero defiende que puedan acabar sus días en caso de enfermedad incurable si así lo desean.

Dice que no le mueve el lucro, pero no falta quien lo ponga en tela de juicio. Hace unos días, la antigua secretaria general de Dignitas, Soraya Wernli, lo acusó de cobrar 3.500 euros a cada suicida. Una dosis de pentobarbital cuesta cinco euros.

De acuerdo con Wernli, que ha abandonado la asociación por razones éticas y económicas, Minelli ha amasado una fortuna de unos 800.000 euros. Eso sin contar con las donaciones con que suelen agradecerle sus servicios algunos de sus clientes.

 
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