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De los cuidados paliativos a la legalización de la eutanasia PDF Imprimir E-mail

(ABC, 9 de marzo de 2009)

La celebración de la Jornada Mundial del Enfermo en febrero pasado era, según mensaje del Papa, «ocasión propicia para reflexionar sobre el sentido del dolor y sobre el deber cristiano de salir a su encuentro en cualquier circunstancia». Exhortación dirigida entre otros a los profesionales de la Medicina, cuya dimensión ética y vibración humanista han de impulsarles primariamente a aliviar el dolor de la víctima doquiera se manifieste. De un modo especial hallándose ante enfermos terminales agobiados por perspectivas inciertas que van más allá de la reflexión y del diagnóstico. El médico, el investigador científico, se halla en permanente contacto con la vida, pulsa el alma del hombre de un modo directo, es perceptor privilegiado de sus ilusiones y de sus frustraciones o contrariedades. De ahí que sean llamados a la solidaridad del amor, a la salvaguarda de la vida humana nunca más apremiada de condescendencia y auxilio. Javier Júdez invoca emotivas reflexiones como elementos fecundos idóneos para «tomarnos el final de la vida en serio», como una especie de «Plan integral de Atención de Calidad en el final de la vida». Entre aquéllas señala preferentemente, a modo de Libro Blanco sobre el Final de la Vida, la deliberación de aspectos morales para una asistencia sanitaria más centrada en el paciente, traducida en programas concretos de formación especializada y continua.

La premisa básica a la que se encadena toda suerte deliberadora y practicista de la dedicación profesional del médico estriba en el respeto a la vida del enfermo, al que se prodigarán cuantas atenciones y desvelos sean susceptibles en aras de su mejoramiento y sobrevivencia. Res sacra miser. Cual señala Gonzalo Herranz, «ello traduce de maravilla la coexistencia de lo sagrado de toda vida humana con la ruina biológica causada por la enfermedad». El paciente terminal es perfectamente homologable con cualquier otro enfermo en el derecho a recibir los cuidados y solicitudes médicos que precise sin el menor atisbo de discriminación.

La filosofía que preside la prestación de los cuidados paliativos entraña su prodigalidad ininterrumpida hasta el mismo final de la vida del enfermo, no detectándose ningún gesto de abandono ante la persuasión de inutilidad de cualquier esfuerzo asistencial. Sería cruel la eventual percepción por el afectado de una actitud de «huida» o desentendimiento del facultativo. La Estrategia de Cuidados Paliativos, aprobada el pasado año por el Consejo Interterritorial de Salud, determina que el paciente con una enfermedad avanzada o en estado terminal tendrá derecho a la «participación activa» en la toma de decisiones e, incluso, deberá ver respetado «su derecho a no ser informado». Es lema sagrado que resume el desprendimiento y consagración del profesional sanitario: «si no puedes curar, alivia, si no puedes aliviar, consuela».

Los cuidados paliativos -describe Jacqueline Legrée- son los cuidados activos que toman en cuenta la globalidad de la persona, dolor físico y agonía psíquica, para aliviar los síntomas en caso de enfermedad incurable en fase terminal, cuando ya no se puede intentar curar ni actuar sobre las causas del mal. Señalemos que en los cuidados paliativos no se halla ausente una orientación espiritualista y que, en propiedad, ni aceleran ni retardan la defunción. Su recta y acertada práctica sintoniza con el sentir de Benedicto XVI, en su insistente proposición de un «no» a la cultura dominante de la muerte y un «sí» a la cultura de la vida.

Las soluciones frente a los enfermos terminales, a sus exigencias y a los muy varios problemas que suscitan, ya en sí mismos ya en relación con sus familiares y cuidadores, se bifurcan, bien optando pro la esforzada y razonable atendibilidad, en humana cooperación y solidaridad, a que hemos aludido, quizá abriendo paso a la legalización de la eutanasia, hacia lo que se apunta esgrimiendo argumentos falaces de tinte defraudatorio proclives a la convocatoria de voluntades que dejan a un lado el gran respeto que la vida humana merece y la inconmovible aserción de que su caducidad corresponde en exclusiva a un Ser superior que nos rige y condiciona.

La Sociedad Española de Cuidados Paliativos expresa que el término eutanasia en su sentido etimológico prácticamente ha dejado de tener un uso social. Entiende que la eutanasia hoy en día se refiere a la conducta (acción u omisión) intencionalmente dirigida a terminar con la vida de una persona que tiene una enfermedad grave irreversible, por razones compasivas y en un contexto médico.

La eutanasia alcanza el culmen de su sinrazón y repulsa cuando centra su asidero y justificación en la minusvaloración del paciente, indignidad generadora de una negativa de toda prorrogación vital. El sacrificio de seres humanos defectuosos graves o claudicantes se ha señalado con razón que constituye una manifestación de totalitarismo.

Por deplorable y deficitaria que se ofrezca la situación de la persona enferma o anciana, el rango de su dignidad no padece, bastando el hecho de su pertenencia a la especie humana: el derecho a la vida no hace excepción de personas. No obstante es digno renunciar a la obstinación terapéutica inexistente esperanza alguna de recuperación o mejora, aguardando serenamente la llegada de la muerte con conciencia y experiencia del sufrimiento final (Comité Episcopal para la Defensa de la Vida). Es parecer cada vez más compartido el respeto al decurso de la vida, el advenimiento de la muerte natural, ausente cualquier intento letal. Acaba de darse a conocer un «Manifiesto en Defensa de la Muerte Natural» al que se adhieren unos setecientos profesionales universitarios. La psicóloga francesa Marie Hennezel afirma que este «dejar morir» es muy distinto de la eutanasia. Aunque a final llegue la muerte, se trata de acompañar y dejar morir, permitir a una persona que está al final de sus sufrimientos partir dulcemente y no violenta y brutalmente.

Según el sentir que prevalezca el enfrentamiento entre la instauración y feliz desarrollo de los cuidados paliativos y la implantación de la eutanasia se resolverá de uno u otro modo. Gonzalo Herranz teme que la eutanasia «gane falazmente la batalla a los cuidados paliativos por ser más indolora, rápida, estética, económica». Sandrine Blanchard estima que «proponer la legalización de la eutanasia es mirar por un canuto el debate sobre el fin de la vida».

Se piensa que el efecto «miedo» puede turbar perversamente la estabilidad espiritual de los implicados y que los motivos determinantes de la eutanasia sean cada vez más subjetivos y baladíes.

No cabe duda, y así se ha puesto de relieve, que se introduce con la eutanasia en las relaciones familiares un sentimiento de inseguridad, confrontación y miedo.

Francisco Soto Nieto
Doctor en Derecho.
Ex Magistrado del Tribunal Supremo

 

 
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