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Dignitas: Suicidios en español PDF Imprimir E-mail
(El Mundo, 2 de agosto de 2009)
«Uno de los españoles que vino a suicidarse en la época que yo estaba en Dignitas, un hombre nacido en Madrid de 59 años, tenía una esclerosis en placas muy avanzada y vino acompañado de sus dos hijos. Su reloj quedó olvidado en los locales de la asociación pero Minelli no se lo quiso mandar a los hijos... Él no sólo tiraba las cenizas no reclamadas de los difuntos al lago de Zurich, sino que también vendía las pertenencias no reclamadas u olvidadas» -SORAYA WERNLI (Enfermera que trabajó tres años con el propietario de Dignitas)

La escena ocurre en Kusnacht, al amanecer. Envuelta en la bruma llega una gran camioneta blanca al borde del lago de Zurich, el vehículo se aparca y baja un anciano que se dirige rápidamente a la parte trasera. Al abrir la puerta, 20 cajas alineadas. El hombre las coge una a una y tira su contenido al agua, sin pensar, dejando cenizas y pequeños restos de huesos a merced de la corriente.

El protagonista es Ludwig A. Minelli, 76 años, fundador de la asociación suiza de ayuda al suicidio Dignitas. La narradora de la tenebrosa escena, su ex secretaria general y mano derecha durante más de tres años, la enfermera Soraya Wernli, 52 años. Cuenta también cómo fueron los vecinos quienes denunciaron las idas y venidas al lago de Minelli por sospechar que tenía algo que ver con los fragmentos de huesos desparramados por la orilla.

«Yo también terminé denunciándole por estas prácticas, por considerar que no encajaban con la imagen de muerte digna que pretende transmitir esta asociación», afirma ahora Wernli. «Sabía que cuando un suicidio se cometía, si nadie reclamaba las cenizas, el director de Dignitas las tiraba al lago...». Se calcula que los restos incinerados de unas 300 personas terminaron su viaje en las aguas del lago de Zurich.

Desde que, en 1998, el abogado y ex periodista Minelli fundara esta asociación de asistencia al suicidio para extranjeros, el «turismo de la muerte» -según una fórmula utilizada en 1999 por el fiscal general de Zurich- se ha convertido en una actividad que le genera jugosos ingresos. Hasta la fecha, se calcula que un millar de extranjeros ha venido a suicidarse a Suiza. Y varios, según ha podido confirmar Crónica, llegaron procedentes de España.

La propia Wernli, testigo de excepción durante un tiempo, cuenta que, entre los años 2003 y 2005, época en que ejercía de secretaria general de Dignitas, dos varones españoles que sufrían de enfermedades incurables viajaron a Zurich para suicidarse. Ella, que llegó a asistir a 35 personas en aquel tiempo, hace memoria: «Un hombre nacido en 1925 que vivía en la calle Azorín n° 9 del pueblo de Torrevieja, que sufría de un cáncer de páncreas en fase terminal, y otro nacido en Madrid, en 1945, que tenía una esclerosis en placas».

«El hombre con la esclerosis en placas vino con sus dos hijos y cuando se murió se dejaron su reloj y Minelli no se lo quiso mandar», explica Wernli, muy enfadada, contando que el director de Dignitas no sólo tiraba las cenizas de los difuntos al lago de Zurich, sino que también vendía las pertenencias no reclamadas u olvidadas.

No han sido los únicos españoles. Nos lo confirma Jürg Vollenweider, fiscal del distrito de Zurich donde la asociación Dignitas tiene actualmente su domicilio. En lo que va de año, explica, levantó acta de la muerte de otro español.

Suiza es el único país del mundo donde la legislación permite el suicidio de pacientes que están en fase terminal de una enfermedad incurable. Esta fórmula difiere de la eutanasia activa, en la que se le inyecta un potente barbitúrico, o de la pasiva, en la cual se interrumpe la medicación o se desconectan las sondas que lo mantienen en vida. En la Confederación Helvética, el único requisito es que la persona pueda llevarse ella misma a la boca la poción letal.

Cuatro asociaciones se dedican a esta actividad. Dignitas es la única que recibe a los extranjeros que vienen con la esperanza de pasar a mejor vida de una manera digna y expeditiva.

De acuerdo con los ideales de Minelli, el objetivo es acabar lo antes posible con el sufrimiento. La persona llega a Zurich y, tras una rápida visita médica y una charla con Minelli, se la declara apta para recostarse en una sencilla cama de hospital y tragarse unos gramos de pentobarbital de sodio disuelto en un poco de agua. Previamente, habrá firmado una atestación certificadora de que deja a Dignitas todo aquello que nadie vendrá a reclamar, incluidos sus restos mortales. Algo que con el tiempo terminó atormentando también a la enfermera Wernli.

«Unos días después de que comenzara mi trabajo, Minelli me pidió que vaciara unas bolsas de basura encima de una mesa larga. Eran enormes y, al abrirlas, me quedé horrorizada de su contenido: teléfonos móviles, bolsos, zapatos, ropa, monederos, carteras, joyas y dinero».

«Me di cuenta de que pertenecían a los fallecidos y me sentí asqueada ante todos estos objetos, como si estuviera ante las imágenes que se ven de los campos de concentración nazis», explica Wernli.

La enfermera, que entró en Dignitas porque su segundo marido era amigo de Minelli, estaba escandalizada porque la realidad era muy diferente a los ideales que tenía sobre una eutanasia digna, que la habían llevado a trabajar en esta asociación. Su desengaño fue tan brutal que, cuando llevaba dos años en su puesto, se confesó a la policía y aceptó cooperar con ellos.

HABITACIONES SUCIAS

«Durante mis últimos ocho meses en Dignitas denuncié a Minelli y estuve informando a la policía de todos sus movimientos. No sirvió de mucho, porque él conoce perfectamente la ley y es muy difícil probar que haya cometido una infracción», admitió tranquilamente Wernli, sentada en su salón en presencia de su marido Kurt.

«Finalmente, abandoné la asociación en 2005 y, desde entonces, no he dejado de atacar sus métodos, más cercanos al afán de enriquecimiento que a los ideales de un fin digno para los enfermos incurables. Dignitas se había convertido en una máquina de hacer dinero, los locales estaban sucios y desordenados porque Minelli no quería gastarse dinero en la limpieza».

«A veces había tanta demanda que no daba tiempo a sacar las cosas de los pacientes que habían fallecido, y el siguiente se encontraba con zapatos y ropa de otra persona por el suelo. Además, como había dificultad para conseguir las recetas de pentobarbital de sodio, se ahorraba en las dosis suministrándose menos de los 15 gramos requeridos para que la muerte fuera corta... Los pacientes a veces tardaban muchas horas en morir, otros llegaban por la mañana y, después de haber visitado al médico, se tomaban el barbitúrico letal y morían a primeras horas de la tarde. Eran muertes demasiado expeditivas, de personas que no habían reflexionado lo suficiente y que, aunque graves, podían vivir aún muchos años con un tratamiento paliativo».

Minelli se las apañaba, siempre según la contundente denuncia de la enfermera, para lograr médicos mayores «que no temían perder su licencia y que podían hacer los certificados médicos necesarios para confirmar la gravedad de la dolencia y recetar el pentobarbital de sodio. A veces eran especialistas que no tenían nada que ver con las enfermedades de los pacientes, ginecólogos o médicos de cabecera».

Procurarse el pentobarbital de sodio era tan difícil que Minelli decía a su ayudante que su sueño era poder instalar distribuidores públicos del fármaco en estaciones de tren y en los lugares públicos.

Nominada en 2007 por su valentía al premio del Coraje, entregado por un periódico de Zurich, Soraya Wernli está escribiendo un libro que denuncia las prácticas de Dignitas y declara que no se siente amenazada por Minelli, aunque en una ocasión éste le dijera que no debería extrañarse si un día su coche «se quedaba sin frenos».

Según un sondeo, la mitad de los suizos está en contra de la ayuda al suicidio y hay proyectos para que, en otoño, sea reformado el famoso artículo 115 del Código penal suizo que dice, en una sibilina fórmula, «sólo será castigado aquel que ayude a morir de manera egoísta».

¿CUENTAS IRREGULARES?

El hábil Minelli, ex periodista, abogado, ha explotado esta zona gris de la ley en su beneficio, ayudando a los extranjeros a morir dignamente «sin egoísmo alguno» y facturando, de paso, 6.152 euros por la acogida, visita médica, barbitúricos, acompañamiento, funeral, cremación etc. En Exit, el equivalente para ciudadanos helvéticos, los mismos servicios cuestan tres veces menos.

Además, Minelli ha subido recientemente a 150 euros la cotización que pagan los más de 6.000 adherentes que Dignitas tiene en todo el mundo para poder ser candidatos, si lo necesitan, a una muerte digna. Para facilitar los pagos de los numerosos demandantes alemanes, ha abierto una cuenta en la Commertzbank de Munich que no declara al fisco helvético, según sostiene la enfermera Wernli.

La ex secretaria general de Dignitas acusa a Minelli de querer enriquecerse a toda costa. Ostenta todos los cargos en Dignitas y apenas permite que alguien le asista. Todo es ahorro. Por eso tiraba él mismo las cenizas al lago.

Wernli llegó a presionar a las autoridades fiscales para que examinaran la contabilidad de Minelli, porque los enfermos le hacían donación de importantes sumas de dinero. «Recuerdo el caso de Martha Hauschildt, una mujer alemana que murió a la edad de 81 años en julio de 2003 y a la que vi entregarle 200.000 francos suizos».

«Aunque Minelli no hace una declaración fiscal detallada, también es muy difícil descubrir irregularidades en sus cuentas porque Dignitas está registrada como una asociación y no como una empresa comercial», afirmó a Crónica Jürg Vollenwaider, fiscal del distrito de Pfaeffikon, en Zurich, donde se encuentra domiciliada Dignitas.

Vollenwaider confirmó que «este año hay entre dos y tres suicidios semanales y que la mayoría de ellos son alemanes e ingleses, aunque también hubo un español entre los fallecidos». El fiscal explicó que, debido al secreto profesional, no podía entrar en más detalles.

La afluencia de suicidas ha provocado problemas en los barrios donde Dignitas ha establecido sus locales, porque los vecinos se quejan de las idas y venidas de la policía y de las ambulancias. Actualmente, la cita con la muerte está fijada en Pfaeffikon, un barrio tranquilo a 15 kilómetros del centro de Zurich, en una casa de color azul cielo y aspecto poco siniestro que Minelli adquirió por unos 800.000 francos suizos a primeros de julio de este año.

Anteriormente se tuvieron que marchar del apartamento que alquilaban en el tercero izquierda del número 84 de la Gertudestrasse (al que acudió Crónica en 2002), porque los vecinos no podían soportar los cadáveres metidos en una bolsa y puestos de pie en el ascensor. Luego pasaron por un hangar, un hotel, el coche del propio Minelli y unos locales situados en Schwerzerbach, cerca del mayor burdel de Suiza.

Nada parece frenar a Minelli quien, ante la dificultad para procurarse el pentobarbital de sodio, llegó a usar helio suministrado en una bolsa plástica. Este método, utilizado el año pasado, levantó una oleada de críticas.

Pero Minelli, seguro de no infringir la ley, se limitó a filmar las muertes de cuatro pacientes gesticulando mientras se asfixiaban con el saco de plástico relleno con helio y se las envío al fiscal general de Zurich, Andreas Brunner. Junto a las bobinas de la película había un mensaje del director de Dignitas que decía «No se necesita prescripción médica para comprar el helio».

La última provocación llegó hace dos meses, cuando presentó una demanda al departamento de Salud de Zurich para poder administrar el pentobarbital de sodio a personas sanas. El objetivo era permitir la muerte de personas no enfermeras que quisieran suicidarse con sus parejas en fase terminal.

La demanda la hizo para satisfacer la solicitud de una pareja de canadienses, Betty y Georges Coumbias, de 72 y 73 años, quienes pidieron a Dignitas un suicidio asistido, aunque sólo uno de ellos está gravemente enfermo. Las autoridades médicas han rechazado esta solicitud, pero Minelli ha recurrido al Tribunal Federal y espera una repuesta para este otoño.

Según explica a Crónica en su despacho de Lausana Jérôme Sobel, responsable de la asociación de ayuda al suicidio Exit, que asiste solamente a personas domiciliadas en Suiza, la petición no tiene muchos visos de prosperar. Desde 1982, fecha de la fundación de Exit, han recibido 242 demandas de asistencia al suicidio. Entre ellas 75 personas se han suicidado, 13 fueron rechazadas por infundadas y 154 no han necesitado de esta asistencia.

«No tengo ningún miedo de que el suicidio asistido cese en Suiza porque es un derecho garantizado en nuestras leyes, que no pueden cambiarse. Nuestro sistema de democracia directa implica que, con 15.000 firmas, se pueda convocar un referendo. La asociación Exit cuenta con 70.000 miembros y más de la mitad de los suizos votaría sí», comentó Sobel.

«Minelli se separó de Exit por cuestiones personales en 1998 y, aunque no lo criticamos, nosotros no trabajamos de la misma manera. Nuestros candidatos al suicidio tienen un acompañamiento mucho más largo, de hasta dos años, y sólo pagan nuestra cuota anual de 40 francos suizos, unos 25 euros», detalla Sobel. Una cantidad lejos, muy lejos, de los más de 6.000 euros que se embolsa Dignitas.

PENTOBARBITAL Y, A VECES, HELIO

15 gramos. La dosis recomendada para acabar con la vida de los enfermos terminales son 15 gramos de pentobarbital de sodio. Una cantidad que permite que la muerte sea corta y expeditiva. Sin embargo, ante la dificultad del fundador de Dignitas, Ludwig A. Minelli, para procurarse el fármaco, muchas veces se suministraba una dosis inferior, que alargaba la espera.

Bolsa en la cabeza. Minelli, desesperado ante la imposibilidad de conseguir el cóctel mortal, ha llegado a utilizar helio suministrado en una bolsa plástica, consiguiendo la asfixia de los pacientes. Un método que ha levantado muchas críticas. Minelli envió a la Justicia cuatro filmaciones de personas gesticulando mientras morían con este método acompañadas de un mensaje: «No se necesita prescripción médica para comprar el helio».

En menos de un día. Algunos pacientes llegaban por la mañana y, tras una entrevista y un certificado médico -expedi-do en ocasiones por amigos de Minelli, especialistas en disciplinas que no tenían nada que ver con las enfermedades de los pacientes-, se suicidaban por la tarde.

En la cama o en un coche. Las quejas de los vecinos de la primera sede obligaron a Dignitas a numerosos cambios de local. De una casa a un hangar, pasando por un hotel, el propio coche del presidente de la asociación, y, ahora, una casa en un tranquilo barrio a 15 kilómetros del centro de Zurich.


 
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