"Dame" Cicely Saunders: Muere la madre del moderno cuidado de "hospice" Imprimir

(The Weekly Standard, 19 de julio de 1005). Ralph Nader me comentó una vez qué terrible cosa era que Jack Kevorkian fuera (entonces) el médico más famoso del mundo. Estaba en lo cierto. Este inconfundible honor tendría que haber pertenecido a Dame Cicely Saunders, la fundadora del movimiento hospice moderno, que falleció la semana pasada a la edad de 87 años en St Christopher?s, el hospice que ella fundó en 1967.

Dame Cicely, como se la conocía cariñosamente en Inglaterra, era enfermera y una anglicana devota, que trabajó como asistente social médica en un hospital de Londres al acabar la segunda guerra mundial. Se encontró con David Tasma, un inmigrante judío que había huido del gueto de Varsovia, para acabar a la edad de 40 años, moribundo, en una cama de un hospital de Londres. Tasma estaba solo en el mundo, y Saunders se propuso visitarlo cada día. Esta amistad cambió nuestro mundo.

A medida que Saunders y Tasma hablaban de su inminente muerte, ella empezó a comprender ?lo que él necesitaba ?y que todo paciente moribundo y también sus familias necesitan?. Saunders hizo un descubrimiento. Ella me dijo ?me di cuenta de que lo que necesitábamos era no sólo un mejor tratamiento del dolor sino un mejor cuidado de conjunto. La gente necesita para sí su propio espacio. Y acuñé el término ?dolor total?, a partir de mi comprensión de que los que se están muriendo tienen dolor físico, espiritual, psicológico y social que deben ser tratados. Desde entonces he venido trabajando en ello?.

El trabajo de Saunders fue una ?vocación personal sostenida por una profunda entrega religiosa?, escribió David Clark, un profesor inglés de una escuela de cuidados paliativos, y biógrafo de Saunders, a quien ella confió la organización de sus archivos. Tan fuerte era la fe de Saunders en lo que ella sentía como una vocación divina, que empezó a ofrecerse como enfermera voluntaria para moribundos en sus casas, después de terminado su trabajo diario. Impulsada por un profundo deseo de ayudar a los moribundos, fue a la Facultad de Medicina
a la edad de 33 años, y ello cuando por entonces había pocas mujeres médico.

Saunders orientó su práctica médica hacia la ayuda a los moribundos y al alivio del dolor. Obtuvo una beca para investigación sobre cuidados paliativos, y empezó a trabajar en un hospice llevado por monjas, donde el control del dolor se aplicaba de forma desigual, un problema casi universal en aquellos tiempos, permitiendo con ello mucho sufrimiento innecesario. A Saunders se le ocurrió montar un programa regular de control del dolor para los pacientes, lo que en sus propias palabras ?fue como agitar una varita mágica sobre la situación?

Con la firme convicción de que ?el proyecto de St Christopher?s estaba divinamente inspirado y guiado", se convirtió en activista recaudando, con energía, fondos para el nuevo proyecto, y de paso dando lugar a un aumento de conciencia en la clase médica. La idea original de Saunders para el hospice St Christopher?s consistía en ?una comunidad religiosa aislada con la sola finalidad de atender a moribundos?. Pero la idea pronto se extendió desde una visión puramente religiosa hasta una aplicación secular más amplia, en palabras de Clark ?un proyecto médico hecho y derecho actuando en todo el mundo?.

Saunders tuvo un éxito que sobrepasó sus más fantásticas esperanzas. St Christopher?s se abrió en 1967 en un suburbio de Londres y de repente puso en marcha el movimiento hospice moderno. ?Empezamos en 1968 con cuidados a domicilio? dijo Saunders, ?la mayor parte de nuestro trabajo tiene lugar fuera, en la comunidad?. Saunders pronto exportó el hospicio a Norteamérica. En 1971 envió a uno de los médicos de su equipo para que ayudara a fundar el primer hospice moderno en los Estados Unidos, en New Haven, Connecticut, desde donde el modelo se propagó luego por todo el país.

Cuando considero la vida de Dame Cicely reflexiono sobre la muerte de mi padre acaecida en 1984. Papá luchó la buena lucha contra el cáncer de colon durante unos dos años, hasta el día en que, sentado en la cama de un hospital, contemplaba la bolsa del drenaje de bilis que los médicos le habían insertado para evitar la ictericia causada por una tumoración que obstruía su conducto biliar. Papá miró hacia la bolsa sujeta a la cara interior del muslo. Dio un suspiro profundo, sus hombros se hundieron, y me miró con una expresión que nunca antes le había visto. Ya está, lo sabía. Papá había tomado una decisión crítica: su lucha para seguir vivo había terminado.

Con demasiada frecuencia, como sociedad, hacemos de la muerte una cosa vergonzosa, algo no natural que tenemos que esconder en un rincón oscuro. Mamá y yo estábamos decididos a que eso no pasaría con papá; que se estuviera muriendo no quería decir que la vida ya se había acabado. Pusimos el énfasis no ya en la curación o la prolongación de la vida, sino en el confort, la dignidad y la paz. Esto significaba hospice, que por entonces era todavía un concepto novedoso. A papá le aprovechó tremendamente el cuidado de hospice. Sus últimos meses fueron pacíficos, exentos de dolor y con nutrición. Le cuidaron intensamente mi madre y los dedicados profesionales del hospice. Se pasaba horas enteras sentado en un banco del patio trasero mirando hacia su querido jardín de cactus, contemplando su vida y los temas últimos que plantea la mortal condición humana. Al ser hijo único yo llevaba una carga pesada, no sólo por cuidar a mi padre sino también a mi madre, que estaba desolada por la profundidad de la pérdida que se avecinaba. El hospice me proporcionó consejo para la aflicción ?antes de que papá muriera- una ayuda inestimable para mí y para mi gente. Papá murió en la unidad de hospice de un hospital de veteranos en Los Ángeles, y con su marcha me hizo un regalo inestimable: mi padre me enseñó como morir con dignidad, valor y fortaleza.

También reflexiono sobre la muerte de Frank, que era el padre de mi mejor amigo de infancia, y mi ?segundo papá?. En 1997, él también murió de cáncer de colon. Por desgracia, a diferencia del caso de mi padre, su familia tuvo dificultades con su médico para proporcionarle cuidados de hospice, sin los cuales padeció el consiguiente innecesario sufrimiento. Pero cuando, por fin, fue admitido al hospice, la vida de Frank pasó de ser de un dolor intenso y de sufrimiento a un tránsito hacia un final relajado, pacífico y libre de dolor. ?El hospice fue tan maravilloso? recordó Jean, la mujer de Frank; ?nunca podré olvidar la profundidad del cuidado que le dieron el médico y las enfermeras, particularmente Jill, que vino cada día a visitarnos?; ?manifestaron hacia Frank tan tremenda compasión, que resulta difícil de creer que haya gente en el mundo tan profundamente compasiva con desconocidos?. Pero ahí están. ?En ello son sinceros y maravillosos?.

Las últimas palabras que Frank me dijo, pronunciadas reposadamente y con gran dignidad, justo tres días antes de su muerte, reflejaban la calidad del cuidado que había recibido: ?Estoy dispuesto para morir?.

Mi querida amiga Julia murió el pasado 1 de abril, a la demasiado temprana edad de 50 años, de cáncer de pecho. Julia tenía tres hijos jóvenes y siempre quiso que ellos supieran que no los dejaría fácilmente. Durante nueve años luchó con aguante y determinación contra la enfermedad que iba extendiéndose.

A pesar del firme espíritu de Julia su cuerpo se rindió. Julia recibió cuidados excelentes de hospice durante los últimos meses de vida que le quedaron, y continuó siendo durante ese tiempo la figura central de la familia, con sus síntomas tratados a medida que ella se iba debilitando. Recibió tan buen cuidado que incluso disfrutó con calma de una comida con su marido Colin, mi mujer Debra y conmigo en un restaurante cerca de su casa, a tan sólo cuatro días de su muerte.

Hay un hilo conductor de compasión y de amor desde David Tasma en 1948, a mi padre en 1984, a Frank en 1997, a Julia en 2005, y ahora a la misma Dame Cicely en 2005, y a los otros millones de personas que se han beneficiado de los cuidados de hospice desde 1967. Nada de todo esto habría ocurrido  si Cicely Saunders no hubiera caído en cuenta que estarse muriendo no es estar muerto: es vivir, y esto exige que a nadie se le deniegue la dignidad y no se le excluya mientras pasa por sus días finales. El bien que ella hizo no tiene medida.

Wesley J. Smith es senior fellow en el Discovery Institute; abogado para la International Task Force on Euthanasia and Assisted Suicide; y Special Consultant para el Center for Bioethics and Culture. Es autor de "Culture of Death: The Assault on Medical Ethics in America", de donde se ha extraído mucho contenido para este artículo.