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Provocación y confesiones de Martin Amis PDF Imprimir E-mail
(Diario Médico, 3 de febrero de 2009)
Partiendo de las palabras del escritor británico Martin Amis que sugería colocar cabinas de eutanasia en las esquinas de Reino Unido, el autor hace un análisis de las declaraciones de Amis. Censura la trivialización de la vida de aquellos que se consideran poco valiosos y recuerda que siempre hemos sido dependientes unos de otros y que esa dependencia debe ser aceptada y no puede considerarse humillante.

Supongo que con la que ha caído en Haití y con el Reino Unido en plena alerta antiterrorista, la promoción de una novela es algo difícil. Habría que entender en este sentido las palabras de Martin Amis en el Sunday Times. Desde luego el titular lo facilitó con plena conciencia -Habría que poner cabinas de eutanasia en cada esquina del Reino Unido- y también proporcionó el punto de controversia: Dentro de diez años los ancianos inundarán los bares como una marea de inmigrantes. La provocación ha producido una severa respuesta como la de Joan Brady que considera innoble este "ageism"- no se cómo traducirlo- que compara con el racismo.

También le ha molestado la forma de tratar la eutanasia, pues ella, a raíz de la enfermedad terminal de su marido, entró en las huestes del homicidio por compasión, las cuales, claro esta, abominan de una eutanasia que se presenta tan poco dulce y tan brutal.Un número suficiente de bienpensantes tienden a considerar que Amis exageraba o provocaba. Dicho de otra forma, que bromeaba de un cierto modo. Pero el novelista, dispuesto a no dar tregua, ha vuelto a la carga en la primera ocasión que se le ha presentado precisando que su interés era satírico, pero que lo dicho era consciente.

Para centrar el sentido de las palabras de Amis convendría precisar que en buena medida él es un inmigrante, -desde luego no sería un representante de la vieja Britannia- que por su edad actual, 60 años, sería uno de quienes inundarán las calles dentro de diez años estableciendo una "guerra de edades" con los jóvenes. En cierta forma, él habla de sí mismo y eso es lo que nos hace pensar con seriedad en su sátira, más allá de la provocación y eludiendo la descalificación pronta que siempre nos amenaza.

Generación del 'baby boomers'
Más que una tragedia, pues le falta intensidad, los baby boomers protagonizan un drama. Preocupados por la vida, casi pidieron perdón por llegar en tan gran número y abrazaron un feroz maltusianismo que es el que provocará el desequilibrio entre unos pocos jóvenes que llegan y una gran cantidad de ancianos que se quedarán. Amis se mantiene en las claves de su generación; temor a la vida a la llegada y atracción por la muerte en la salida.

Amis habla de sí mismo, teme la pérdida de la facultad creadora que ha visto en tantos amigos, los cuales, por cierto, no aclara que pidieran la muerte; más bien piensa que debieron pedir la muerte o que quizás él la pediría. Puedo entender algunos de sus motivos, pero no entiendo que aparezca como provocación lo que es el sentir que acompaña al hombre desde su inicio en la tierra. La dureza de la vejez que le amenaza provoca la búsqueda desesperada de una salida: la negación de una muerte que se adelanta, aunque no se sabe si se tendrá la fuerza de provocarla. No cabe duda de que Amis molesta a los proeutanásicos con su sinceridad; tan directamente, nos dirán, no hay quien legalice la eutanasia. La sociedad se indigna.

Dependencia aceptada
Hay varias razones para la indignación, y la primera es la trivialización de la vida de quienes se consideran poco valiosos. Creo que quien ha escrito tan buenas páginas contra el totalitarismo debería ser más sensible a este argumento. Conociendo el mundo, en las cabinas acabarán los que quieran y los que no quieran, como se ve en Bélgica u Holanda. Pero la indignación cede paso a la melancolía cuando vemos a toda una civilización incapaz de responder a lo evidente: que hemos sido dependientes de otros y lo volveremos a ser en el futuro y que esa dependencia aceptada no puede considerarse humillante.

No debe sorprendernos la soberbia del intelectual. Muestra que mucho escribir no da necesariamente las claves para entender la vida. Que aprenda del muchacho que se rompió el menisco y dejó de jugar al fútbol, de la bailarina o gimnasta que ya sólo enseña alejada de los focos, del torero en el bar retirado, del militar mutilado y de la abuela que ya no puede recoger a sus nietos porque se pierde. No es alternativa la muerte a la pérdida de facultades. No lo es mirado personalmente, pero mucho menos socialmente.

José Miguel Serrano, Profesor de Filosofía del Derecho

 
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