(Zenit, 28 de febrero de 2008)
Un «sobre-énfasis»
en el «principio de autonomía del paciente» en la toma de decisiones de su
terapia conduce a formas de abandono del enfermo y a carencias en la
responsabilidad del médico.
Es una de las
alertas que ha lanzado la doctora Paulina
Taboada, médico internista especializada en medicina paliativa,
en el Congreso Internacional de la Pontificia
Academia para la Vida (PAV) --Ciudad del Vaticano, 25 y 26 de
febrero-- sobre el tema: «Junto al enfermo incurable y al moribundo:
orientaciones éticas y operativas».
Al programa de
intervenciones de carácter científico, antropológico, ético y deontológico, la
también profesora de la Pontifica
Universidad Católica de Chile y directora del Centro de
Bioética de la misma universidad --doctora en Filosofía y miembro de la PAV--
aportó una amplia reflexión sobre «Medios ordinarios y extraordinarios de
conservación de la vida: la enseñanza de la tradición
moral».
Y despejó el
equívoco médico que equipara «la distinción ordinario/extraordinario» con
«usual/inusual» en las terapias.
«La distinción
entre medios "ordinarios" y "extraordinarios" no se refiere primariamente al
tipo de medio en general --dice en su intervención--, sino más bien al carácter
moral que la utilización de ese medio tiene para una persona en
particular».
Dilema
ético
«Como médico
dedicada a la bioética, la pregunta más frecuente que me hacen colegas y
profesores se refiere a los criterios para decidir la limitación o no de
terapias en pacientes», reconoce a Zenit la doctora
Taboada, a propósito de su ponencia.
Es uno de los
interrogantes también «más difíciles de responder», «para nosotros, como médicos
--añade--, y con mayor razón para los pacientes mismos y las familias, quienes
además confían en buena medida en el juicio médico».
«Frente a este
dilema ético la tradición moral de la Iglesia católica ha propuesto la
distinción clásica entre medios ordinarios y extraordinarios», «ampliamente
conocida en el mundo médico y que se aplica para las decisiones de limitar
esfuerzos terapéuticos», pero «lamentablemente en el mundo médico no siempre es
bien comprendida esta enseñanza», observa.
Y es que «la
mentalidad médica está formada por un pensamiento científico-técnico al que le
gustan las respuestas concretas y rápidas» --aclara--, pero «para poder
responder hasta dónde llegar con terapias médicas hay que hacer un juicio ético,
un juicio de prudencia, que es complejo, que necesita calma y tomar en cuenta
muchos elementos».
Entre estos,
la doctora
Taboada cita «la utilidad médica del tratamiento --qué
evidencia científica hay de que ese tratamiento puede ayudar a ese paciente en
concreto», «las complicaciones de estos tratamientos --porque todos tienen
asociado algún efecto adverso», o incluso «si ese tratamiento está disponible en
el lugar de que se trate, una cuestión compleja en países pobres, porque en las
capitales puede existir y en los pueblos más alejados no», imposibilitándose su
aplicación a un paciente.
De
la autonomía al abandono
El juicio
--extremadamente «delicado», insiste la especialista-- sobre la obligatoriedad
moral de un tratamiento sitúa igualmente ante decisiones «que tienen que tomarse
en el contexto individual del paciente».
El proceso de
discernimiento es clave porque, como subraya la doctora
Taboada en sus declaraciones a Zenit, «en la ética médica
contemporánea existe una tendencia a dar un sobre-énfasis al principio de
autonomía del paciente», corriente de gran influencia en el contexto anglosajón
que postula «la capacidad de decidir del paciente y su total responsabilidad: lo
que él decida es, en definitiva, lo que debe hacerse».
«Respetando
profundamente la libertad y la autonomía de las personas, personalmente no estoy
de acuerdo con este enfoque, porque pienso que los profesionales de la salud
tenemos una responsabilidad enorme para ayudar a los pacientes a tomar
decisiones correctas en relación a la propia salud y a la vida», advierte.
«Ciertamente la
responsabilidad última hacia la salud y la vida propia la tiene uno mismo
--puntualiza--, pero para poder tomar una decisión responsable en cuanto a los
tratamientos médicos se necesita información, y ésta habitualmente viene del
personal médico»; por lo tanto, «para que el paciente pueda ejercer bien esta
responsabilidad necesita que el equipo sanitario le brinde una información
comprensible, completa, adecuada a su situación y que de alguna forma también
incluya un juicio moral».
Frente a este
sobre-énfasis de autonomía, la doctora
Taboada propone un modelo de relación médico-paciente «más
participativo», que incluya «un proceso de diálogo para llegar a una decisión
común de la terapia adecuada en el caso particular».
«Me parece que
dejar al paciente solo en la toma de decisiones, entregándole únicamente
información --por ejemplo estadísticas--, y luego esperar a que opte por lo que
quiera, es una forma de abandono del paciente, y una forma de individualismo»,
subraya, consciente de que la responsabilidad del profesional sanitario es más
amplia, incluye la solidaridad y la ayuda a una toma correcta de decisiones en
un proceso común.
Escucha
y silencio
Interrogantes poco
fáciles llegan, asimismo, en la fase terminal. «Para acompañar a la persona en
el final de su vida es sumamente importante tomar en serio el tema del
sufrimiento», explica la especialista.
En general, «cuando
uno sufre se ven afectadas todas las dimensiones y se experimenta una cierta
soledad; hay algo incomunicable»; pero «cuando una persona se aproxima al final
de su vida esto se multiplica, porque a los sufrimientos físicos --dolor,
debilidad, náuseas, pérdida de la imagen corporal...-- se suma el dolor
espiritual de aproximarse al fin de la vida y no saber qué viene después, como
será este fin, si habrá dolor, si se estará acompañado o solo», apunta.
De ahí también la
importancia de «aprender a escuchar» --dice--, que «supone también captar los
signos corporales, no sólo las palabras», porque «en numerosas ocasiones los
pacientes expresan mucho de lo que están viviendo a través de gestos, desde la
postura en la cama a los ademanes de las manos, de la cara».
«Hay que estar
atento a esto para lograr aproximarse un poco a ese sufrimiento y poder ser un
apoyo eficiente, compasivo, en ese momento» --invita--; «ante un paciente
moribundo tenemos que aprender a serenarnos, a estar "con", en paz, y acompañar
solidariamente, con los oídos abiertos y capacidad de entrega».
La doctora
Taboada
comparte su experiencia médica en su conversación con Zenit: «En mi experiencia,
cuando las personas dicen "ya no aguanto más", "no quiero seguir sufriendo",
muchas veces están necesitando un apoyo humano, alguien que les acompañe, y
también un apoyo que les dé una luz de sentido a lo que están viviendo».
«Quizá lo más
terrible cuando uno está sufriendo es la pregunta por el sentido: de lo que
están viviendo, todo ese dolor, esa angustia, dejar a los seres
queridos...--expresa--. Esa pregunta que angustia a las personas carece de
respuesta fácil», e intentar darla no hace más que incrementar el sufrimiento,
«porque estas personas se sienten incomprendidas.
Vuelve la
importancia de tomar en serio la cuestión del sufrimiento, «reflexionarla en lo
personal y poder aportar alguna luz de esperanza ante esa pregunta; no digo una
respuesta definitiva --recalca la especialista--, porque darla al tema del
sufrimiento es muy difícil».
«Me ayuda algo que
he aplicado con pacientes y conmigo misma --admite--, una frase de Juan Pablo
II: muchas veces, con el sufrimiento, lo que cabe es guardar un respetuoso
silencio y, ante el misterio, permitir a Dios que tenga sus secretos».
«O sea, respetuoso
silencio ante el misterio y aceptar que no lo vamos a entender todo»,
concluye.
Por
Marta Lago