(Bioeticaweb , 6 de marzo de 2008)
Francisco José Ramiro
Estos días pasados he podido asistir a una
magnífica conferencia del profesor Z. Zylicz (Polonia, 1955). Se trata del director del primer hospital de cuidados paliativos -
hospice-
en Holanda de1992 a 2005, por lo que recibió la más alta condecoración
civil de manos de la reina Beatriz, y actualmente director médico del
Dove House Hospice (Reino Unido).
En
el transcurso de su disertación nos narró un caso reciente que le había
ocurrido. Una paciente mayor, sin posibilidad de curación, había sido
atendida en un hospital debido a que sentía un fortísimo dolor. En ese
centro, tras intentar diversas terapias, sólo habían conseguido que el
dolor remitiese durante dos días. Después comenzaba otra vez.
En esta situación la ingresaron en el
hospice,
que él dirigía. Siempre había mantenido que el dolor se puede quitar.
Sin embargo se encontró ante la misma imposibilidad de paliarlo más
allá de ese breve tiempo. Un día, entró en la habitación de la paciente
una persona para limpiar los cristales de la ventana. En el breve
intercambio de saludos, descubrieron que ambas procedían de la misma
comarca. La conversación fue prolongándose y pasaron a recordar
historias de la juventud. En ese momento la paciente relató que había
sido madre de 4 hijos. Hacía muchos años, el menor de ellos que tenía
18, se había enamorado de una chica con forma de pensar muy distinta de
su familia. Ella había reconvenido al chico para que no continuasen el
noviazgo. Al final el chico se suicidó. Su madre había tenido reprimida
la conciencia de su culpabilidad durante más de 30 años. Se había
dedicado a sacar al resto de sus hijos adelante, y a su profesión.
Ahora era la primera vez que hablaba de ello. A partir de ese momento
desapareció el problema que había con el dolor de esa paciente.
Cuando
se oyen expresiones del tipo "dolor insoportable" o "insufrible",
experimentamos la conciencia de la debilidad que somos cada uno de
nosotros. Es fácil que, dejándonos llevar por la fe ciega
que tenemos en la ciencia y en la técnica, esperemos encontrar el
artilugio que acabe con esa agresión exterior que atenta contra nuestra
libertad de ser en plenitud.
Cuando
las circunstancias muestran que la técnica también es limitada, algunos
ofrecen como solución acabar con la vida de la persona. Hacen realidad
el refrán de que "muerto el perro se acabó la rabia". Es una solución
que parece fácil, e incluso tiene el atractivo de lo arriesgado. El
único problema es que las personas no somos perros.
Quizá,
por ello, antes que del dolor, habría que hablar personas que sufren.
En efecto, el dolor no viene como algo ajeno al ser personal. Es
interior a cada uno, y además se hace presente con la complejidad de la
persona misma. Hay dolor cuyo origen es biológico, psicológico o
espiritual. Y además, como es de la persona, todos estos dolores se
implican unos con otros, haciendo difícil distinguirlos. Por eso
encontramos, con frecuencia, que ante la misma causa de dolor, dos
personas lo sienten con muy distinta intensidad.
El
psiquiatra judío Victor Frankl, que sobrevivió a un campo de
concentración nazi, ha escrito: "El hombre no es destruido por el
dolor, lo destruye el dolor sin significado". Por eso el primer
problema que plantea el dolor a cualquier persona no es acabar con él,
porque siempre estará presente dada la limitación humana, sino
encontrarle sentido.
Buscar
el sentido del dolor personal, no significa dejar de utilizar todos los
medios clínicos útiles para disminuir o quitar el sufrimiento.
Significa que es el propio paciente quien debe decidir sobre esas
terapias, para integrarlas dentro del significado que para él tiene el
dolor.
Todo
esto nos lleva a varias consecuencias. La primera, la necesidad de que
cada uno descubramos el sentido que tiene para nosotros el sufrimiento.
Los padres que se proponen ante todo que sus hijos no sufran nada, les
dificultan aprender un valor muy importante, ya que necesariamente, sus
hijos, se encontrarán con el dolor en su existencia.
La
segunda consecuencia es la importancia de la solidaridad entre las
personas. Todos necesitamos que nos com-padezcan en nuestra vida. Que
nos acompañen de cerca cuando padecemos. No es tiempo perdido ni mal
utilizado acompañar a ls seres que sufren de cualquier manera,
escucharles cuando quieran decir algo o expresar su sufrimiento. No se
trata de ofrecer respuestas perfectas que hagan que una persona deje de
sufrir, sino de escuchar y responder. Es él mismo quien tiene que
recorrer su camino. Pero estar juntos unos con otros, nos hace a todos
fuertes, para afrontar lo difícil
Ante esta complejidad y a la vez grandeza humana, ¿tiene algún interés hablar de una ley de eutanasia?